El negro hilo (a propósito de Asunta)

Las personas siempre necesitamos creer en algo que vaya más allá de nuestra realidad cotidiana. No estoy hablando de la religión, la videncia o las encuestas que dan la victoria al PSOE; me refiero a las leyendas, los cuentos, la fantasía…

En nuestra infancia nos acostumbramos a creer en el Ratoncito Pérez, Olentzero, los Reyes Magos, e incluso el Coco. Y esa candidez la mantenemos, más o menos maltrecha, hasta muy avanzada nuestra edad. Nos gusta pensar que nos tocará la Lotería, que nos levantaremos un día hablando inglés, o que ese vecino que nos atrona con la música a las 2 de la mañana se mudará y en su lugar vendrá una adorable señora mayor que, no solo no hará ruido, sino que nos traerá cada semana un pudding de manzana para agradecernos aquel detalle que tuvimos (una vez) de subirle la compra a casa cuando se averió el ascensor.

Una de las historias más bonitas que he podido conocer, gracias al proceso de adopción de nuestra hija, fue la del Hilo Rojo. Aunque hay quienes la atribuyen a los japoneses y otros a los chinos, el resumen viene a ser que cuando un niño o niña nace en Oriente, de su dedo corazón prende un hilo rojo que, de manera invisible, está conectado con sus padres, o la persona que será muy especial en su vida y que, antes o después, irán tirando de ese hilo rojo hasta encontrarse. Entre los padres y madres adoptantes es una leyenda que tiene mucho simbolismo y que, en no pocos momentos, sobre todo si el proceso es largo como lo fue el nuestro, llegas a querer creer con todo tu corazón.

Viendo estos días todo lo que está rodeando el desgraciado suceso de Asunta, la niña china adoptada de Santiago, no pienso tanto en los detalles macabros de su muerte, que llenan informativos y programas viscerales mañaneros, sino en qué pudo pasar para que ese hilo rojo que en algún momento unió a Asunta con sus padres adoptantes se rompiera, o sufriera una necrosis hasta volverse de color negro y acabar partiéndose de manera dramática.

No dejo de pensar, cada vez que oigo cualquier noticia al respecto, qué evolución mental y vital tuvieron que atravesar esos padres para pasar del esfuerzo y la ilusión que supone un proceso de adopción a la ruindad de acabar  con la vida de tu propia hija -presuntamente, claro- , a la que quisiste algún día rescatar de un anónimo orfanato para darle, en teoría, una vida mejor, en la que pudiera desarrollar su potencialidad, tener un cariño que quizá nadie le iba a dar en otras circunstancias y unos medios a los que probablemente no tendría acceso en su lugar de nacimiento.

Sé que no voy a descubrir a estas alturas la capacidad del ser humano para crear el mal: desde el nazismo hasta el terrorismo de todo signo, pasando por la pederastia, la violencia machista, el racismo…sólo en los últimos 100 años hay demasiados ejemplos, por desgracia, de lo que somos capaces cuando decidimos apostar por la parte más oscura de la mente humana. Pero, siendo eso terrible y dramático, lo que realmente sería desesperanzador es que fuésemos insensibles ante casos como el de Asunta, o que sólo nos importasen los detalles morbosos del suceso. Nos estremecemos al verlo, necesitamos abrazar a nuestros hijos o hijas al oirlo, incluso apagamos la televisión o la radio porque no podemos soportar tanta maldad.

Lo siento mucho, Asunta, no sabes cómo. Igual que siento y se me encoge el alma al ver que mueren niños inocentes en Siria, en Filipinas, en Ruanda o en cualquier otro lugar del mundo en el que hay una desgracia de la naturaleza o un conflicto militar. Y mientras mantengamos ese dolor, al igual que Pandora en su caja la esperanza, seguiré creyendo en el ser humano, a pesar de todo.

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