Un Estado deconstruido

Todos lo podemos oir cuando sintonizamos cualquier emisora de radio. Es un anuncio que nos martillea a todas horas. Dos personas -un hombre y una mujer- hablan con voz grave, preocupada, sobre la inseguridad en el barrio, y que uno de ellos ya ha encargado su alarma de la compañía “X” para estar más tranquilo. Ella le dice que hace bien, que es la que tiene casi todo el mundo en la zona y que va de maravilla: ahora todos están más tranquilos.

Es el modelo de sociedad, que nos propone este Gobierno que ha confundido la mayoría absoluta con el absolutismo mayoritario. Una sociedad abandonada a su suerte, en la que, quienes más tengan puedan salir adelante y quienes menos recursos posean se irán hundiendo lentamente en las peligrosas arenas movedizas de la indiferencia.

Un modelo de gobierno que apuesta por derribar hasta el último vestigio de lo público, no sin antes entregárselo a las empresas privadas para que hagan, con el dinero de todos y todas, el negocio que perdieron por su propia mala gestión.

Así, aumentan los seguros médicos o los planes de pensión privados, anunciadores de que el Estado ya no va a poder sostener con recursos propios una Sanidad o una Jubilación dignas. Privatizan incluso el matrimonio, entregándoselo a esos señores (hombres la mayoría) llamados Notarios, que se hicieron de oro líquido durante la burbuja inmobiliaria y que se quejan ahora de no poder mantener el Range Rover y la casa en la Sierra. Los bancos de alimentos se multiplican por decenas en lugares y personal, para atender una demanda que debería, en realidad, cubrir el Estado. Es otra paradoja de nuestro tiempo: el Estado cubre aquello a lo que no llegan los bancos de alimentos, cuando debería ser justo al revés, que los bancos de alimentos completaran la labor que obligatoriamente le corresponde a la Administración Pública.

Y, como todo esto (y mucho más) no les parecía suficiente, añadimos hoy la posibilidad de privatizar  la administración de la seguridad ciudadana, de las funciones policiales. El Gobierno nos anuncia que a partir de ahora un vigilante de seguridad privada podrá detenernos, identificarnos y emplear la fuerza si fuese oportuno contra nosotros. El monopolio de la fuerza física, que siempre ha sido competencia del Estado para garantizar -o intentarlo, al menos- la equidad y la objetividad en su aplicación, pasa ahora a compartirse con empresas privadas que sólo tienen como objetivo sus cuentas de resultados, por no hablar de la capacitación y formación de quienes la ejerzan. Y en esto cuentan con la complicidad de los nacionalistas del PNV y CiU, so pretexto de que se respetan las competencias autonómicas vascas y catalanas. Es decir, que si las hostias te las da un vigilante vasco, duelen menos…

La profesión de vigilante de seguridad merece todo mi respeto. Tengo, de hecho, buenos amigos que son vigilantes de seguridad. Son personas sensatas y con criterio a los que esta nueva regulación les parece un disparate, entre otras cosas porque conocen bien ese mundo de la seguridad privada y el funcionamiento de sus empresas, en las cuales no suele imperar el sentido común muchas veces.

En la Detroit de “Robocop”, a sus dirigentes les parece una buena idea dejar que la policía se privatice, que se haga cargo de la seguridad ciudadana una empresa particular. Fue el primer indicio, cinematográfico, sí, pero premonitorio en la realidad, de la decadencia de la ciudad industrial por excelencia de los Estados Unidos. Y todos sabemos cómo ha acabado Detroit: arruinada, deshabitada…vendiendo incluso los cuadros de su museo para poder mantener unos exiguos servicios.

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