ETA siempre fue cutre

Con la publicación del vídeo en el que ETA, presuntamente, inicia el proceso de desarme ante los verificadores contratados a tal efecto ha comenzado a vislumbrarse, de manera generalizada, algo que algunos ya sabíamos y decíamos hace mucho tiempo: ETA no era, no es y nunca será la organización revolucionaria, desprendida, generosa, luchadora por su pueblo envuelta en un halo de romanticismo que muchos nos quisieron hacer creer durante décadas de sangriento recorrido. ETA era algo chungo, mezquino y malvado. Y, sobre todo, ETA era cutre. Muy cutre.

El paso del tiempo, ese ya tópico juez que da y quita razones y, sobre todo, adorna o desnuda de glamour ciertos recuerdos, no le sienta igual de bien a todo el mundo ni a todos los actos. Esas hombreras ochenteras, esos primeros viedoclips, esos cortes de pelo estilo “Terminator”…no han resistido bien el paso del tiempo.

ETA, por mucho que su parroquia y algunos hooligans incondicionales le hayan querido encontrar la gracia, nunca tuvo las condiciones mínimas necesarias para ser atractiva o rutilante. No tenía las sedes, los cuarteles generales, la expansión mundial y mucho menos los villanos de SPECTRA. A ETA le faltaba, y ya no tiene arreglo, un Ernest Stavro Blofeld que tratase de aniquilar el mundo, o de someterlo a su dictado como mínimo y diese réplica al superespía que trataba de atraparlo. De hecho, ni siquiera tenía ningún superespía detrás suyo, ya que las policías españolas e internacionales que les perseguían tampoco podían considerarse la personificación de James Bond, por muy meritoria y decisiva que haya resultado su labor.

Tampoco la época en la que ha desarrollado la mayor parte de su actividad armada, al menos la más intensa en asesinatos, ha sido la mejor para lograr una estética atractiva. Rememorar sus actos y su infraestructura o querer reproducirlos en películas conlleva aderezarlos con un atrezzo cargado de pantalones pata de elefante, barbas y peinados muy poco hipster, unas cazadoras de cheviot, un parque móvil limitado a los SEAT 124, Renault 8 o Simca 1000 de la época, muy alejados de los Aston Martin bondianos o el AMC de Scaramanga. ETA no peleaba con sus antagonistas en las estaciones de esquí de Chamonix o Aspen, ni desplumaba a multimillonarios en los casinos de Macao o Montecarlo. ETA asesinaba por la espalda, a niños, civiles, militares, políticos…secuestraba empresarios y los metía en zulos grasientos y asquerosos. Los etarras no tenían las mansiones de Max Zorin en “Panorama para matar” o Auric Goldfinger : vivían escondidos en el monte, en caseríos húmedos del sur de Francia emparanoiados por su propia seguridad, sin vida propia ni familia o amigos con los que disfrutar un sencillo y agradable domingo de primavera

Quizá, en el mejor de los casos y si el paso del tiempo le es benévolo, ETA esté más cerca de la organización “KAOS”, contra la que luchaba el Superagente 86, que de cualquier otra cosa. Seguirá sin tener maldita la gracia, pero al menos tal vez le quite una parte de esa pátina de cutrez que destila ahora en cada imágen, cada recuerdo e incluso cada paso que dan.

 

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