Gente sencilla

Una de las mejores cosas (y no fueron pocas) de dejar atrás diez años de ir escoltado fue volver a utilizar el transporte público con cierta regularidad. Sé que habrá quien piense que eso de que te lleven en coche de un lado a otro mola mucho, es cómodo, te da un cierto “status”…en mi opinión nada más lejos de la realidad, y siempre me resultó incómodo, por muchas razones que ahora no voy a desarrollar por no ser el objeto del post.

A lo que iba: aunque haya quien tenga el uso del transporte público (Metro, tren, bus…) como castigo, a mí siempre me ha gustado utilizarlo. Incluso cuando salía de casa a las 7:30 para coger en la mítica parada de “Yoplait”* en Herrera el transcantábrico Altza-Antiguo, cuyo recorrido duraba 45 minutos e iba tan lleno que desafiaba las leyes de la física, me gustaba ver a la gente, hablar, observar los comportamientos humanos. No hay que olvidar que hablamos de los años ’90, cuando no existían prácticamente los móviles (incipiente “Moviline“) y las redes sociales eran auténtica Sci-Fi ni siquiera imaginada por Asimov, por lo que no nos quedaba más remedio que mirarnos a la cara y hablar entre nosotros, algo que quizá hoy espantaría a muchos jóvenes (y no tan jóvenes).

logo_yoplait                                                   (*Aquí el logo de Yoplait, que, para la audiencia más jóven conviene tal vez aclarar que se trataba de una marca de yogures)

 

Muchos años después he recuperado esa costumbre de usar el transporte público, especialmente el Metro. Ahora es infinitamente más cómodo, más desahogado, el recorrido es mucho más corto y tenemos los móviles que, paradójicamente, nos convierten en seres asociales. Pero me sigue gustando observar a la gente, entablar cortas conversaciones, intrascendentes, relajadas, amables. Y he vuelto a ver, porque lo uso muchos domingos, a personas de cierta edad (llamémosle “mayores”) que montan en el Metro (o Topo, como quieran) vestida de eso exactamente: “de domingo”. Es gente sencilla, personas que trabajaron toda su vida bajo la premisa de que el trabajo dignifica, de que el que paga descansa y valorando y saboreando el verdadero valor de un día festivo. Gente que quizá durante la semana estaba llena de grasa del taller, de harina del horno, o simplemente con ropa de casa para trabajar en ella. Pero que el domingo vestía sus mejores galas, sacaba del cajón su reloj de oro para dar un paseo, para ver y dejarse ver, para que en su barrio supieran que también podían ir guapos y no eran menos que nadie.

La gente sencilla es la inmensa mayoría. Gente que aspira a una vida tranquila, a que sus hijos e hijas puedan tener un futuro, como mínimo menos malo y a poder ser mejor que el pasado que ellos tuvieron. Que esperan tener una jubilación sin sobresaltos y que la salud les respete. Gente que no hizo otra cosa que trabajar y ahorrar lo que podían, disfrutando seguramente menos de lo que hubiesen deseado y, sin duda, merecían.

Sólo aspiro a poder ser como ellos. A representar y defender sus necesidades, sus preocupaciones y sus alegrías, aunque sean menos quizá que antes. Sólo aspiro a poder ir en el Metro dentro de 30 años vestido de domingo, con mi dignidad íntegra, camino a casa de mi hija, a ver quizá a mi nieto o nieta, con la conciencia tranquila pensando que hice lo mejor que pude y supe para darles una educación, unos valores y un cariño del que siempre se puedan sentir orgullosos, sabiendo que son y deberán ser siempre gente sencilla.

 

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