El laberinto de la mente

Durante muchos años, décadas de hecho, en nuestra sociedad han existido una serie de tabúes que, a fuerza de serlo, llegaron incluso a estar socialmente aceptados. Es decir, era políticamente correcto mantenerlos vigentes y de mal gusto hablar de ellos en público, en la prensa, entre amigos, familia…No hace falta hacer un gran ejercicio de memoria para recordar de qué estamos hablando: la religión, el sexo, escatológicos…en Euskadi tuvimos el bonus track de no poder ser conveniente hablar de política más que en grupos reducidísimos y, a poder ser de mucha confianza. Hay, obviamente, otros muchos, pero estos son algunos de los más reconocibles y que encabezarían el ránking de cualquier encuesta muy poco elaborada que pudiera hacerse al respecto.

Pero esas, como digo, son materias cuya reserva es más virtual que real. Son temas aparentemente tabúes, pero de los que se acaba hablando con relativa normalidad e incluso, dependiendo del contexto (amigos, familia…) con cierta hilaridad. Sin embargo hay tabúes verdaderos, de los que ocultamos en el fondo de nuestra conciencia con un bloque de cemento encadenado a sus pies. Cosas que si acontecen en nuestra familia, en nuestro entorno, hacemos lo posible por esconder, por evitar, por relativizar o sencillamente por obviar. Y, en mi opinión, el problema de las enfermedades mentales ocupa sin ninguna duda el primer puesto de nuestro miedo a la revelación o al escrutinio público.

Y llama mucho la atención que sea socialmente y, sobre todo, informativamente “transparente” una cuestión que es, por ejemplo, la primera causa externa de los fallecimientos  en España, desde hace muchos años. Es decir, más que los accidentes de tráfico. Sólo en 2012 ya subió un 11% respecto el año anterior, DUPLICANDO ese año a los fallecidos en accidentes de tráfico (3.500 suicidios frente a 1.309 por tráfico). Hay campañas, anuncios, presupuestos cada vez mayores para combatir esa “lacra” que son los accidentes de tráfico y que nos espantan cada vez que nos toca cerca o vemos imágenes de amasijos de hierro en una carretera provenientes de un accidente en el que se han visto implicadas varias personas, especialmente si son jóvenes, hay niños…pero nada sabemos de los fallecimientos por suicidio. No hay noticias, comentarios, ni siquiera un breve en un periódico. La propia familia, si puede, oculta cuál ha sido la causa de la muerte: un “accidente doméstico”, una caída “limpiando las ventanas”, un “lo encontraron tumbado en la cama y no se sabe qué ha sido”…hay muchísimos ejemplos que todos podemos recordar.

Laberinto - copia

El reciente caso del piloto del avión de Germanwings, o el niño de la ballesta hoy mismo en el Instituto Joan Fuster, son casos que súbitamente nos despiertan de ese letargo, de esa ocultación vergonzante para convertir a su causante o protagonista en un ser extraño, despreciable incluso, en lugar de lo que verdaderamente es: una persona enferma, con una patología que tiene sus causas y que, como cualquier otra enfermedad puede tener un diagnóstico y el correspondiente tratamiento. No suele ser fácil, y requiere de mucho apoyo y determinación, especialmente del círculo más cercano a la persona afectada. Pero no es en absoluto incurable. Pretender apartar de su trabajo, de su vida habitual a personas que, por ejemplo, sufran una depresión durante un tiempo, como se propuso en el caso del piloto alemán es una barbaridad y un despropósito sólo al alcance del país que ha inventado el cuñadismo, como es España.

Recuerdo que, durante muchos años, las personas con cáncer que estaban en tratamiento de radioterapia o quimioterapia, con la afección física que eso suponía, se escondían, pasaban semanas sin salir a la calle o lo hacían solo para lo imprescindible. Ellos y sus familias lo ocultaban o simplemente intentaban evitarlo, exactamente como ahora las enfermedades mentales. Hay mucho que hacer respecto a este tema, pero su visualización social, su normalización, su “despenalización social” debe ser un paso fundamental para poder abordarlas con mayor eficacia y conseguir un mejor apoyo de todo el entorno. No es cierto que hablar de suicidios tenga un efecto llamada, no está demostrado. No es cierto que una persona que ha sufrido un episodio de depresión, de ansiedad, o incluso que sea bipolar, esquizofrénica…quede inhabilitada para tener una vida normal si se ha diagnosticado y tratado correctamente.

Debemos ser conscientes de que todos podemos pasar por un episodio de este tipo, nadie está exento ni protegido, como no somos inmunes a un cáncer, a un alzheimer, a una gripe o una esclerosis. Razones genéticas, problemas familiares, laborales, económicos o de cualquier otro tipo pueden causarnos o producirnos una tipología diferente de enfermedad o trastorno mental. a cualquiera y en cualquier momento. Tratarla con normalidad, no esconderla, abordarla con decisión y con el apoyo de quienes nos rodean puede suponer la diferencia de un largo periodo de oscuridad e incluso algo más grave o, por el contrario, poder superarlo en un plazo razonable de tiempo, e incluso convivir con normalidad si la enfermedad persiste. Y, desde luego, lo último siempre debe ser criminalizar o despreciar a quién la sufre, porque es un castigo añadido e inmerecido que nunca va a conseguir mejorar ningún resultado.

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