La vida mancha

La frase no es mía, aunque ya me gustaría. Se trata del título de una película de Enrique Urbizu, protagonizada por José Coronado. Pero me sirve como introducción para sintetizar algo que me ha venido hoy a la cabeza, aunque no es la primera vez.

Hace unos días se abría el primer parque para perros en San Sebastián. El lugar elegido no era casual, ni al azar; tras estudiar el padrón municipal de perros a partir de los chips, se estimó que era la zona en la que más gente podía verse beneficiada en su ubicación. A los pocos días de su apertura, un amable ciudadano exponía su queja del mismo con el argumento -respetable- de que “los perros ladran”. ¿Quién podía imaginarlo?

Claro que los perros ladran, porque es la forma que tienen de comunicarse. Ladrarían aunque no estuviesen en un parque para perros, porque eso es lo que hacen. Y los niños y niñas, cuando están en un parque infantil, gritan, cantan, hablan alto, lloran si se caen o un mayor les quita la pelota…

Hace unos años, un día de Nochebuena, siendo yo Concejal de Turismo y responsable del CAT, recibí a las 5 de la tarde una llamada de Alcaldía diciéndome que una señora se estaba quejando de la música que ambientaba la llegada de Olentzero en la c/Loiola. Era una música suave, de villancicos, que duraba como máximo una hora, hasta que Olentzero salía a las 6. Y podría hacer un post tan largo como el Quijote contando anécdotas similares.

También recuerdo cuando otra señora (distinta a la del Olentzero) llamaba a la centralita de Guardia Municipal quejándose de que sus vecinos gritaban muy fuerte cuando mantenían relaciones sexuales, especialmente la chica de la pareja. Lo que más le molestaba era que elegían la hora de la siesta, precisamente la que ella prefería para descansar mejor.

Somos una sociedad solidaria, hasta que te enteras de que van a poner un centro de empresas de inserción social cerca de tu casa, o un edificio de Proyecto Hombre, aunque años después se demuestre que no ha habido ningún problema. El colmo del paroxismo lo viví cuando una amable ciudadana venezolana, vino a quejarse de que si hacíamos un edificio para acoger investigadores internacionales, “aquello se iba a llenar de extranjeros”. Y estoy hablando de investigadores universitarios y cientfícos.

La vida mancha, sí, y no podemos pretender pasar por ella sin que nos roce, aunque sea un poquito. Vivir, y dejar que los demás vivan, conlleva saber que habrá veces en las que ocurrirán cosas que no sean de nuestro completo agrado, pero son consustanciales a una convivencia en comunidad, la misma que hace que un vecino te ayude a subir la compra o avise al 112 si lleva días sin verte, e incluso se manifieste para impedir que te desahucien de tu casa.

Los bidegorris, las peatonalizaciones, el turismo, las bicicletas, las fiestas, el surf, el comercio, la tamborrada, las manifestaciones, las pruebas deportivas…todo puede ser molesto, incluso insoportable, si te lo propones.

La vida mancha, quién lo iba a decir. Me recuerda al Prefecto de Policía Louis Renault en Casablanca: “Qué escándalo…he descubierto que aquí se juega”.

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