Igeldo: guía práctica para todos los públicos

El pasado martes compareció el Sr. Martin Garitano, actual Diputado General de Gipuzkoa, ataviado con la corbata de las grandes ocasiones (partidos de la Real en Old Trafford, cumbres de Aiete, etc..) para comunicarnos, solemnemente, que a partir del día siguiente brillaría con luz propia un nuevo municipio en Gipuzkoa: Igeldo, el número 89. A partir de ese momento todo fue sorpresa, confusión, desconcierto…hasta llegar al Pleno de ayer en el Ayuntamiento de San Sebastián, que comentaré más adelante.

Como quiera que en esta cuestión se cruzan argumentos dispares y contradictorios, voy a intentar aclarar de la manera más sencilla posible, los interrogantes que pueden surgir al respecto y que de manera más lógica puedan plantearse:

1.- Igeldo siempre ha querido ser municipio independiente: en una sociedad como la actual, donde los conceptos “siempre” o “históricamente” se han devaluado hasta extremos de bono-basura, considerando “clásico” un Renault 18 de 1985 o la camiseta de Naranjito del Mundial ’82, calificar como histórica una reivindicación como la de Igeldo es, cuando menos, un tanto osado. Igeldo pertenece a San Sebastián desde su fundación como villa, en 1180. Es, en los años ’90 cuando un colectivo de vecinos, liderado por el actual Alcalde de San Sebastián, Juan Karlos Izagirre, comienza a hablar de desanexión, aunque en su momento se mostraban dispuestos a explorar otras formas de colaboración.

2.- Igeldo quiere ser independiente por no sentirse atendida por Donostia: es el argumento más consistente que parecen tener quienes promueven y/o apoyan la desanexión. Más incluso que el de tener una identidad propia y diferenciada de San Sebastián, que sería lo lógico y a lo que se apela en estos casos. En mi opinión  no es exacto y ni siquiera justo en este caso: precisamente el cuidado exquisito que se ha tenido en Igeldo a la hora de preservar su identidad, su carácter rural, y no “cargarle” con determinadas infraestructuras o equipamientos generales y no promover un urbanismo intrusivo es la mayor prueba del respeto y la consideración que se ha tenido siempre hacia Igeldo, lo que es más meritorio aun en una ciudad con los problemas de espacio y suelo de San Sebastián.

Igeldo se ha “aprovechado” de formar parte de una ciudad más grande, y se ha evitado tener, en una zona con apenas 1.000 habitantes (1056 a día de hoy, para ser exactos) infraestructuras como un vertedero, las cocheras de autobús, el parque de bomberos, la depuradora, o que se le hayan construido, por ejemplo, 500 nuevas viviendas de VPO, tan necesarias en nuestra ciudad. De todo eso se ha librado Igeldo gracias a pertenecer a una ciudad más grande. Y, a cambio, ha tenido la atención, el mantenimiento o las actuaciones (variante de Igeldo, etc..) normales en otros barrios, atendiendo a sus necesidades y población. En este sentido, cabe recordar que, sólo en dos rascacielos de mi barrio, Bidebieta, vive tanta gente como en todo Igeldo, por poner un ejemplo gráfico y sencillo de entender.

3.- El pueblo ha hablado en la consulta y hay que respetar su voluntad: demostrado, en mi opinión, que nadie tiene nada en contra de Igeldo, debe quedar claro que tampoco lo tenemos contra quienes han votado a favor de la independencia o contra ella. Son personas a las que se les planteó una consulta y votaron lo que mejor les pareció, debo creer que libremente. Esa no es la cuestión: el problema es que, para empezar, la consulta tenía serias dudas de procedimiento, como rebajar la edad a los 16 años (para “asegurarse” un resultado ya bastante amarrado, por otro lado), un sistema de voto por correo con una confidencialidad muy dudosa, una campaña pagada por medios públicos a favor del “Sí/Bai”, sin que nadie pudiese defender en igualdad de condiciones la opción contraria, una mesa electoral compuesta exclusivamente por los partidarios de una opción concreta…y así todo. El proceso no solo estaba encaminado a un resultado determinado, sino que se tomaron las medidas necesarias para asegurarlo. Y aun así, escasos 200 votos decidieron la diferencia.

La consecuencia de todo esto es que 300 personas que votaron “sí/bai”, han decidido sobre un territorio que es el 17% de un municipio de 183.000 habitantes que nada han podido decir al respecto. Un 0’5% de la población ha decidido sobre algo que afecta al restante 95’5%, que se ha quedado absorto, sin poder opinar, y viendo cómo se ha quedado sin Igeldo el 18 de Diciembre igual que yo me quedé sin abuela en Agosto: de la noche a la mañana y basándose en un resultado de una consulta que ni siquiera era vinculante. Y todo ello pese a la oposición de la inmensa mayoría del Pleno Municipal de San Sebastián, cuyos 19 de 27 miembros estaban en contra de esa segregación, es decir, la representación democrática de casi 3/4 partes del municipio.

4.- En todo caso, esto no perjudica a nadie y es bueno para todos: esto sí que es falso. Pero falso de toda falsedad, como diría Cospedal. Para empezar, ya hemos señalado que San Sebastián pierde el 17% de su territorio, un territorio que ha sido preservado y cuidado, entendiendo que debía respetarse su identidad y su carácter semi-rural. La pérdida de Igeldo modifica los ratios por habitante de suelo disponible, de suelo libre, de suelo verde de toda Donostia. Así, Igeldo pasa a ser uno de los municipios más ricos y con más suelo disponible por habitante:

– Mientras que la media en Gipuzkoa es de 300 habitantes/ km2, en Igeldo la media es de 100 habitantes/km2, es decir, una densidad 3 VECES MENOR que Gipuzkoa

– Ahora bien, lo de Donostia es más escandaloso aún: si antes tenía una ratio de 3.000 habitantes/km2 ahora estamos aún más apelotonados y tendremos 3.600 habitantes/km2

– Conclusión comparativa: IGELDO 100 hab./km2 ——>DONOSTIA 3.600 hab./km2

Añadamos a ello que Igeldo se lleva todos los equipamientos y gastos que el Ayuntamiento ha hecho allí durante décadas, pero NINGUNA DE SUS CARGAS, como por ejemplo los créditos de unas VPO de alquiler que hizo allí el Ayuntamiento en las que viven igeldotarras y que aun están pendientes de pago. Es decir, es como si en un divorcio unos de los cónyuges se queda la casa y vive en ella, pero el otro, además de irse fuera, tiene que seguir pagando el 100% de la hipoteca. Un despropósito. Y, para que no haya dudas de esto, adjunto el artículo del Decreto de la Diputación que lo señala:

Decreto

A ello podemos añadir que el pasivo del Ayuntamiento de Donostia es de unos 200 millones de €. Si repartimos entre los habitantes de la ciudad, sale a unos 1.000 euros/persona. Si Igeldo tiene 1056 habitantes significa que Igeldo debería llevarse consigo una deuda de, aproximadamente, 1 millón de euros. Cosa que no va a ocurrir, ya que se van limpios de toda mácula financiera…

5.- El papel del Alcalde de Donostia/San Sebastián en todo este proceso: comenzaré señalando algo en favor del sr. Izagirre en toda esta cuestión: él ha sido (hasta el día 18 de Diciembre) coherente. Tenía una trayectoria acreditada y reconocida de más de 20 años buscando y luchando por la independencia de Igeldo, y vino aquí principalmente para eso. Las demás cuestiones son accesorias (por primera vez en más de 20 años, por ejemplo, este año se han calificado 0 -cero- viviendas de VPO en San Sebastián; el mantenimiento es penoso, la limpieza deficiente, todos los miembros que lograron el 2016 lo han abandonado y se despeña sin freno al abismo, etc, etc…) y su objetivo ha sido logrado. Izagirre fue el caballo de Troya que la Izquierda Abertzale nos introdujo en el Ayuntamiento para hacer a la ciudad más pequeña, más débil, con menos territorio y población, consiguiendo de paso, una estrella más en la lista de los municipios que pasan a ser gobernados por Bildu en Gipuzkoa. Jugada maestra y redonda para él. Entiendo, no obstante, que esa coherencia se pierde a partir del día 18 de diciembre, ya que su objetivo está conseguido. Ahora es Alcalde de un municipio del que ha hecho todo lo humanamente posible por no pertenecer hasta conseguirlo. Ya no es que no esté empadronado aquí -lo que podría ser anecdótico-, sino que ni siquiera quiere ser donostiarra. ¿Cómo va a poder defender los intereses de la ciudad? ¿cómo, siquiera, va a poder izar la bandera el día 20 de enero del patrón de una ciudad de la que reniega?

Ante esta situación, los márgenes de actuación de los Grupos de la oposición son muy limitados: se podría, en primer lugar, plantear una Moción de Censura para acabar con este dislate, pero el PNV se niega, ya que supondría volver a poner a un socialista al frente, a pesar de que en Diputación también se podría realizar el relevo y gobernaría el PNV. Pero no…la “doctrina Montoro” funciona en Gipuzkoa a pleno gas. Que se hunda Gipuzkoa, que ya la salvaremos nosotros, parece decir cada día Egibar, prolongando una agonía que sería impensable en Bizkaia y muchísimo menos en Bilbao. Y los demás, intentamos sobrevivir y denunciar lo que está ocurriendo, siendo limitados en nuestra libertad de expresión por Izagirre en la actuación más absolutista y bochornosamente bolivariana que se recuerda en todos los años de democracia de este Ayuntamiento, hasta el punto de impedir hablar a un Funcionario de máximo rango municipal.

y 6.- Hay que respetar el Derecho a Decidir: Y, para ello, nos ponen como ejemplo Escocia, pero obviando que allí la consulta es pactada, la pregunta es pactada, se pueden hacer campañas en igualdad de condiciones, ha habido un pronunciamiento de sus respectivos Parlamentos y Gobiernos, y al reférendum le acompaña un “libro blanco” en el que se especificarán, entre otras cosas, las cargas que tiene que asumir el nuevo Estado, si se independizara. Es decir, que cualquier comparación con el proceso de Igeldo es pura ciencia ficción. Pero ficción de la buena, no de serie Z, como la de Garitano e Izagirre.

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Un Estado deconstruido

Todos lo podemos oir cuando sintonizamos cualquier emisora de radio. Es un anuncio que nos martillea a todas horas. Dos personas -un hombre y una mujer- hablan con voz grave, preocupada, sobre la inseguridad en el barrio, y que uno de ellos ya ha encargado su alarma de la compañía “X” para estar más tranquilo. Ella le dice que hace bien, que es la que tiene casi todo el mundo en la zona y que va de maravilla: ahora todos están más tranquilos.

Es el modelo de sociedad, que nos propone este Gobierno que ha confundido la mayoría absoluta con el absolutismo mayoritario. Una sociedad abandonada a su suerte, en la que, quienes más tengan puedan salir adelante y quienes menos recursos posean se irán hundiendo lentamente en las peligrosas arenas movedizas de la indiferencia.

Un modelo de gobierno que apuesta por derribar hasta el último vestigio de lo público, no sin antes entregárselo a las empresas privadas para que hagan, con el dinero de todos y todas, el negocio que perdieron por su propia mala gestión.

Así, aumentan los seguros médicos o los planes de pensión privados, anunciadores de que el Estado ya no va a poder sostener con recursos propios una Sanidad o una Jubilación dignas. Privatizan incluso el matrimonio, entregándoselo a esos señores (hombres la mayoría) llamados Notarios, que se hicieron de oro líquido durante la burbuja inmobiliaria y que se quejan ahora de no poder mantener el Range Rover y la casa en la Sierra. Los bancos de alimentos se multiplican por decenas en lugares y personal, para atender una demanda que debería, en realidad, cubrir el Estado. Es otra paradoja de nuestro tiempo: el Estado cubre aquello a lo que no llegan los bancos de alimentos, cuando debería ser justo al revés, que los bancos de alimentos completaran la labor que obligatoriamente le corresponde a la Administración Pública.

Y, como todo esto (y mucho más) no les parecía suficiente, añadimos hoy la posibilidad de privatizar  la administración de la seguridad ciudadana, de las funciones policiales. El Gobierno nos anuncia que a partir de ahora un vigilante de seguridad privada podrá detenernos, identificarnos y emplear la fuerza si fuese oportuno contra nosotros. El monopolio de la fuerza física, que siempre ha sido competencia del Estado para garantizar -o intentarlo, al menos- la equidad y la objetividad en su aplicación, pasa ahora a compartirse con empresas privadas que sólo tienen como objetivo sus cuentas de resultados, por no hablar de la capacitación y formación de quienes la ejerzan. Y en esto cuentan con la complicidad de los nacionalistas del PNV y CiU, so pretexto de que se respetan las competencias autonómicas vascas y catalanas. Es decir, que si las hostias te las da un vigilante vasco, duelen menos…

La profesión de vigilante de seguridad merece todo mi respeto. Tengo, de hecho, buenos amigos que son vigilantes de seguridad. Son personas sensatas y con criterio a los que esta nueva regulación les parece un disparate, entre otras cosas porque conocen bien ese mundo de la seguridad privada y el funcionamiento de sus empresas, en las cuales no suele imperar el sentido común muchas veces.

En la Detroit de “Robocop”, a sus dirigentes les parece una buena idea dejar que la policía se privatice, que se haga cargo de la seguridad ciudadana una empresa particular. Fue el primer indicio, cinematográfico, sí, pero premonitorio en la realidad, de la decadencia de la ciudad industrial por excelencia de los Estados Unidos. Y todos sabemos cómo ha acabado Detroit: arruinada, deshabitada…vendiendo incluso los cuadros de su museo para poder mantener unos exiguos servicios.

El club de los pusilánimes

Soy muy fan de los pusilánimes. Así, en general.

Según “Word Reference” una persona pusilánime es aquella que está falta de ánimo y valor para soportar las desgracias o hacer frente a grandes empresas. Un mierdecilla, vaya. Alguien muy mal visto en una sociedad cuyos programas líderes de audiencia consisten, fundamentalmente, en gente gritando en un akelarre al que ellos llaman “tertulia” o “debate” en cualquier cadena y a casi cualquier hora, aunque la palma se la llevan aquellos en los que Ud, amable lector o lectora, y yo estamos pensando.

Vivimos en una sociedad -especialmente en este momento la española- que adora a quienes parecen tener las ideas claras, que no dudan, que no ven en el adversario un atisbo de razón, que elevan su tono de voz con el derecho de quien se sabe portador de la verdad absoluta. Y si además lo hacen gesticulando y señalando con el dedo, la mano e incluso invadiendo el espacio vital de la otra persona conculcando todas las reglas de civismo y urbanidad que aprendimos siendo quizá críos, pues aun mejor.

Frente a ellos, alguien que duda no es de fiar. No puede serlo. Alguien que quiere escuchar al rival, al diferente, al enemigo incluso; que puede admitir en sus argumentos algún atisbo de certeza y atinamiento no merece nuestra atención ni casi nuestro respeto. A quien calla, medita, oye y, en consecuencia, duda antes de tomar una determinación que puede influir en la vida de las personas muchas veces, se le desprecia. A todos nos caen simpáticos gente como Del Bosque o Pau Gasol, pero a la mínima oportunidad los descuartizamos si se salen del carril que teníamos reservado para ellos y su pusilanimidad.

Y qué decir ahora que existen las redes sociales…desde ellas se pontifica y sienta doctrina sin consentir que alguien en nuestro muro en Facebook o nuestro tweeter nos reviente la noticia o el argumento, aunque no sean ciertos, así que los borramos, les hacemos “unfollow” y luego les ponemos a parir cuando ya no nos pueden replicar, cautivos y desarmados.

Es el nuevo modelo de sociedad, la de los argumentarios enlatados llave en mano. Pero vendidos con arrojo, determinación y gallardía, sin márgen a la duda. Que para eso ya están los pusilánimes, oiga, la lacra de nuestro tiempo.

El negro hilo (a propósito de Asunta)

Las personas siempre necesitamos creer en algo que vaya más allá de nuestra realidad cotidiana. No estoy hablando de la religión, la videncia o las encuestas que dan la victoria al PSOE; me refiero a las leyendas, los cuentos, la fantasía…

En nuestra infancia nos acostumbramos a creer en el Ratoncito Pérez, Olentzero, los Reyes Magos, e incluso el Coco. Y esa candidez la mantenemos, más o menos maltrecha, hasta muy avanzada nuestra edad. Nos gusta pensar que nos tocará la Lotería, que nos levantaremos un día hablando inglés, o que ese vecino que nos atrona con la música a las 2 de la mañana se mudará y en su lugar vendrá una adorable señora mayor que, no solo no hará ruido, sino que nos traerá cada semana un pudding de manzana para agradecernos aquel detalle que tuvimos (una vez) de subirle la compra a casa cuando se averió el ascensor.

Una de las historias más bonitas que he podido conocer, gracias al proceso de adopción de nuestra hija, fue la del Hilo Rojo. Aunque hay quienes la atribuyen a los japoneses y otros a los chinos, el resumen viene a ser que cuando un niño o niña nace en Oriente, de su dedo corazón prende un hilo rojo que, de manera invisible, está conectado con sus padres, o la persona que será muy especial en su vida y que, antes o después, irán tirando de ese hilo rojo hasta encontrarse. Entre los padres y madres adoptantes es una leyenda que tiene mucho simbolismo y que, en no pocos momentos, sobre todo si el proceso es largo como lo fue el nuestro, llegas a querer creer con todo tu corazón.

Viendo estos días todo lo que está rodeando el desgraciado suceso de Asunta, la niña china adoptada de Santiago, no pienso tanto en los detalles macabros de su muerte, que llenan informativos y programas viscerales mañaneros, sino en qué pudo pasar para que ese hilo rojo que en algún momento unió a Asunta con sus padres adoptantes se rompiera, o sufriera una necrosis hasta volverse de color negro y acabar partiéndose de manera dramática.

No dejo de pensar, cada vez que oigo cualquier noticia al respecto, qué evolución mental y vital tuvieron que atravesar esos padres para pasar del esfuerzo y la ilusión que supone un proceso de adopción a la ruindad de acabar  con la vida de tu propia hija -presuntamente, claro- , a la que quisiste algún día rescatar de un anónimo orfanato para darle, en teoría, una vida mejor, en la que pudiera desarrollar su potencialidad, tener un cariño que quizá nadie le iba a dar en otras circunstancias y unos medios a los que probablemente no tendría acceso en su lugar de nacimiento.

Sé que no voy a descubrir a estas alturas la capacidad del ser humano para crear el mal: desde el nazismo hasta el terrorismo de todo signo, pasando por la pederastia, la violencia machista, el racismo…sólo en los últimos 100 años hay demasiados ejemplos, por desgracia, de lo que somos capaces cuando decidimos apostar por la parte más oscura de la mente humana. Pero, siendo eso terrible y dramático, lo que realmente sería desesperanzador es que fuésemos insensibles ante casos como el de Asunta, o que sólo nos importasen los detalles morbosos del suceso. Nos estremecemos al verlo, necesitamos abrazar a nuestros hijos o hijas al oirlo, incluso apagamos la televisión o la radio porque no podemos soportar tanta maldad.

Lo siento mucho, Asunta, no sabes cómo. Igual que siento y se me encoge el alma al ver que mueren niños inocentes en Siria, en Filipinas, en Ruanda o en cualquier otro lugar del mundo en el que hay una desgracia de la naturaleza o un conflicto militar. Y mientras mantengamos ese dolor, al igual que Pandora en su caja la esperanza, seguiré creyendo en el ser humano, a pesar de todo.

Cuando fuimos los mejores

Louis Mountbatten un aristócrata diplomático británico, que llegó a ser Virrey de la India (y fue asesinado por el IRA en 1979) dijo en cierta ocasión: “En la actualidad, yo voto al partido laborista, pero mi mayordomo es tory”.

Siempre nos gusta pensar que somos algo mejor de lo que realmente somos y, sobre todo, fuimos. Hoy en día, cuando uno habla con personas de cierta edad, independientemente de su adscripción política, desde la Derecha “pop” hasta la izquierda más pseudochavista, llega a la conclusión de que todos corrieron delante de los grises en algún momento de su vida, especialmente en los meses previos a la transición. En realidad, si corrieron en algún lugar y dirección, muy probablemente lo hicieron detrás de los grises y en sentido contrario a ellos.

Hace unos días, una persona conocida me comentaba como, siendo él niño, recuerda que se organizaban autobuses desde Legazpia, su pueblo natal, a San Sebastián para venir a ver a Franco y su séquito en verano. Y no venían a apedrearle precisamente, sino a aplaudirle y pasar el día agradablemente en la capital. Lo mismo ocurría con casi todos los pueblos de Gipuzkoa y en gran medida, como no, en la propia Donostia. A día de hoy, sin embargo, haría falta un estudio antropológico aderezado con técnicas propias de CSI para encontrar una sola persona que reconozca que estuvo en esas jornadas de ensalzamiento caudillista, a pesar de que no todos, ni mucho menos han fallecido.

Y no tengo tampoco ninguna duda de que, dentro de 20 años ocurrirá exactamente lo mismo con el posicionamiento frente a ETA y la violencia terrorista o de cualquier otro tipo. Quienes evitaban saludar a sus vecinos por ser Concejales/as de un partido constitucionalista; quienes pedían que quitaran las Casas del Pueblo de sus edificios porque su vivienda corría riesgo; quienes miraban a otro lado y aprobaban en la intimidad los repugnantes actos del GAL; quienes escudriñaban desde detrás de una cortina la manifestación que protestaba por un atentado o quienes tomaban potes al mediodía mientras otros se concentraban en la plaza del pueblo el mismo día en el que habían asesinado a uno de sus conciudadanos…todos ellos contarán a sus nietos y cuñados lo firmes que fueron frente al terrorismo, lo mucho que se indignaban cuando mataban a alguien, lo proactivos que fueron para alcanzar la paz…

Cuando fuimos los mejores
nuestro otro yo nos acechaba
mercaderes de deseos,
habitantes de la nada

(Loquillo)

La paz era esto

Nunca ocurre como esperamos que ocurra. Ni ese primer beso, nervioso. Ni esa primera vez, apresurada, difícil. Ni el día que conoces la última nota anunciando que has terminado tu carrera universitaria. Ni el primer día de trabajo. Nada es nunca como imaginamos que iba a ser: quizá mejor, casi siempre peor o simplemente diferente.

Con la ansiada y durante décadas esperada PAZ ocurre lo mismo. Todos nos hicimos unas expectativas en nuestro imaginario personal y colectivo, que rara vez han quedado colmadas y posiblemente nunca lleguen a serlo. Tal vez pensamos que al día siguiente de anunciarse el fin del terror seríamos automáticamente felices, que unos (da igual quiénes) habrían ganado indubitadamente sobre los otros, que no habría ningún resquicio moral, legal o dialéctico sobre el que cupiera duda alguna de nuestra victoria. Y que además, lo haríamos de común acuerdo, todos a una…Los malos con los malos, los buenos con los buenos, cada uno en su casa y dios en la de todos. Unos pedirían perdón y otros perdonarían. Unos reconocerían el daño causado y otros los errores cometidos, no exentos tampoco de dolor ajeno y nadie tendría ninguna duda sobre nada. Un sistema binario, en definitiva, que solo admitía unos o ceros.

Pero no. Nunca sucede así. Ni el primer beso, ni la primera vez, ni tu primer día de trabajo…ni tampoco la paz. Siempre es diferente a como lo soñaste una y quizá mil veces.

El día en que perdimos las elecciones municipales de 2011, no solo en San Sebastián, sino en todas partes de España prácticamente, algunos compañeros deambulábamos por la sede de nuestro partido abatidos, incrédulos, con las manos en la cabeza como un portero goleado. Jesús Eguiguren, que hasta ese momento no había dicho nada, nos miró, y, en un gesto de cariño, de intento de consuelo, nos dijo: “no os martiricéis…no es culpa vuestra. La paz era esto.”

Muchas veces he recordado aquella frase en los dos siguientes años. Probablemente Jesús tenía razón: la paz era premiar a quienes hasta hacía, literalmente, dos días, apoyaban o simplemente no rechazaban que a sus rivales políticos les volasen la cabeza por pensar diferente. La paz era tener que ver gobernando todo un territorio y al 80% de su población a quienes jamás mostraron ninguna empatía o comprensión, ya no digo dolor, ante un asesinato y que incluso hoy en día, dos años después, pretenden vendernos motos averiadas y recicladas con mil piezas como si fuesen nuevas y sin tacha. Pero también lo es poder pasear por las calles en libertad, sin mirar atrás, sin una hipoteca cuyo pago no tiene fecha de vencimiento conocida.

La paz es así.  Creemos que es como un hijo que, durante toda su vida, va a estar bajo nuestra égida, y nos va a obedecer, sin ser conscientes de que, antes o después, tomará su rumbo y creará su propia historia. No me gusta la teoría del “relato compartido”, nunca he creído en él. Cada persona tiene sus vivencias, únicas e intransferibles, y por eso tiene derecho a tener su propio relato, sin que se lo impongan o intenten consensuar con nadie.

Todo esto, y mucho más, es la paz. Cumplir el Estado de Derecho y las Sentencias de los Tribunales, dar cariño y cercanía a las víctimas, extender los valores del civismo, la convivencia, el respeto, y transmitirlos a nuestros hijos si los tenemos…Algunos piensan que la paz fue extremadamente generosa con quienes nunca hicieron nada para conseguirla e incluso la impidieron, y muy poco con quienes más lucharon para alcanzarla, arriesgando para ello su propia vida: y probablemente sea cierto. Pero no me siento capaz de decidirlo ni afirmarlo en nombre de nadie, solo en el mío propio. Que ya es bastante.