Sin ley no hay civilización

Aunque lleva algunos meses entre nosotros, el debate al que voy a hacer referencia en este post se ha instalado entre nosotros especialmente en el pasado verano y está alcanzando su máximo apogeo con -cómo no- los acontecimientos de Catalunya y el anunciado intento de Referendum del ya famoso 1 de Octubre.

Me estoy refiriendo a lo que algunos llevan algún tiempo intentando vendernos como una disyuntiva entre “democracia vs ley”, como si ambas fuesen ya no incompatibles, sino incluso opuestas. Un falso dilema tras el cual se esconde algo mucho más inquietante para la convivencia e incluso para el modelo de civilización que nos ha costado siglos conquistar, en el que las leyes, y no la fuerza, el dinero o la clase social son las que garantizan la igualdad entre todas las personas.

Ya desde hace algún tiempo, uno de los mantras de la llamada “nueva política” ha sido contraponer el poder popular, “la gente”®, a las instituciones de representación elegidas democráticamente mediante sistemas electorales absolutamente transparentes y contrastados. El resultado de una votación democrática podía ser obviado si a quienes no les gustaba el mismo consideraban que era contraproducente para el llamado “bien común” que, curiosamente, siempre coincidía con su discurso y sus propuestas. Pero claro, el “que no, que no nos representan” duró lo que tardaron en llegar esos movimientos, ya constituidos en Partidos políticos, a las Instituciones, a los parlamentos, a los ayuntamientos. Ahora sí que el sistema era bueno y válido, porque quienes refractaban de él eran parte del mismo, y su presencia los homologaba como democráticamente justos. Tal era así que movimientos como “Juventud sin futuro” o “El patio maravillas” se disolvían al no tener ya razón de ser, porque sus miembros habían encontrado acomodo (y nómina) en las instituciones otrora inaceptables.

Pasada esa pantalla, y a la vista de que la realidad era dura como el granito y casi todo lo que se había prometido era de muy difícil cumplimiento (acabar con desahucios, bajar alquileres, consultas para todo, etc…) llegó el momento de buscar un nuevo enemigo. Y lo encontraron en un lugar en el que algunos, como los movimientos independentistas, ya llevaban años instalados: el cumplimiento de la Ley. Según esta nueva teoría, una Ley puede no cumplirse, o, en todo caso, se está eximido de su cumplimiento, si “la gente”® considera que dicha ley es injusta o no responde a nuestras expectativas vitales. Para ellos, que haya un sistema Judicial que garantice el cumplimiento de las leyes, unos sistemas de revisión de Sentencias, de Recursos, de Tribunales de Apelación, es lo de menos. Lo importante es si la Ley ad hoc en cada caso me conviene o no, y en función de la misma exigir su cumplimiento (ej.: obligación de pagar los impuestos) o decir que no nos representa.

Planteada la premisa, ahora se trata de ir acomodándola al caso que más nos interese. Un ejemplo más de ello ha sido el llamado “caso Juana Rivas”, cuyos detalles son sobradamente conocidos. Un mes de agosto entero hemos tenido que oír que las leyes, las Sentencias e incluso los Convenios de La Haya eran papel mojado ante el amor de una madre hacia sus hijos, cosa que nadie discutía. ¿Que se estaban incumpliendo leyes y sentencias? Nada importaba si la causa era noble. ¿Que el supuesto “asesoramiento legal” estaba siendo perjudicial para los propios intereses de la afectada? Quedaba redimido por unos aplausos en la puerta de un Juzgado. ¿Que había informes psicosociales, exploraciones judiciales a los menores por juezas que resolvieron el asunto? Qué sabrán ellas, si nosotros hemos leído un par de comentarios en Facebook al respecto y ya tenemos una opinión bien formada al respecto…Y así todo; con el nefasto (y previsible) resultado que hemos podido ver: una madre sin sus hijos, sin su custodia e imputada por incumplir resoluciones judiciales.

Y en esas estábamos, cuando llegó la movida catalana, con más de la misma medicina: cualquier norma, incluida la Constitución Española y todo el sistema y organigrama normativo y judicial del que nos hemos dotado no sirve de nada si la gente® quiere otra cosa. Es inútil decirles que las leyes se derogan, se modifican o se cambian con otras leyes. Que en democracia hay unos procedimientos que deben cumplirse y unas mayorías democráticas que son necesarias para que, precisamente, las minorías, no queden aplastadas.

Y lo peor de todo es que es la supuesta izquierda más pura, esa “true left” de nuevo cuño la que nos ha traído este discurso, olvidando que precisamente es la ley la que protege al más débil del abuso del poderoso. Que la obligación de someterse al imperio de la ley es lo que hace que el más rico no aplaste al más humilde. Que cuando necesitamos un trasplante no sea la altura de la cuna en que nacimos lo que nos otorgue la prioridad, sino una ley de trasplantes que establece el orden de prelación con criterios objetivos. Que en una autopista no sea la cilindrada ni los caballos de nuestro coche lo que delimite la velocidad a la que ir, sino una ley de tráfico que marca los límites y las sanciones por inclumplirlas.

 

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Según el Secretario General de Sortu, el sr. Arnaldo Otegi, primero van los deseos de la gente®, y luego ya, si eso, las leyes detrás. Pero él olvida que son precisamente las leyes las que impiden -afortunadamente- que a un delincuente o a un asesino les linchen, o los familiares de las víctimas se tomen la justicia por su mano tras un atentado en el que mueren decenas o cientos -o una sola- de personas. Las leyes permiten la reinserción de quienes han estado durante años en la cárcel, y que, una vez cumplida su pena, tengan el derecho a recuperar su total condición de ciudadano, con sus prerrogativas y obligaciones, claro.

Las leyes permiten y garantizan que nadie sea discriminado (so pena de castigo) por su raza, condición sexual, identidad, credo o ideología. Las leyes obligan a pagar impuestos a muchos de quienes nunca lo harían voluntariamente, pudiendo así construir hospitales, carreteras, hacer VPO o colegios públicos. Las leyes impiden que se abuse de menores, las agresiones sexuales o el acoso. Las leyes dan cobertura social a quienes más lo necesitan y procuran la cohesión social de la ciudadanía.

Y sí…las leyes no son perfectas. De hecho, casi a diario hay sentencias de Tribunales que anulan artículos, e incluso textos completos de una Ley si no cumple con con otras de rango superior. Pero es que eso también es la ley: garantizar que una ley debe cumplir con las demás leyes, y ser compatible con ellas. Si la ley no nos gusta, o hay una mayoría social que quiere cambiarla, debe elegir representantes democráticos que cambien esas leyes en los parlamentos con las mayorías correspondientes en cada caso. En eso consiste la democracia representativa. Porque, de lo contrario, cada cual hará lo que considere oportuno en cada momento sin hacer caso a la ley, volviendo a tiempos muy oscuros que hemos dejado atrás.

Sin ley no hay civilización. Y sin civilización, barbarie y abuso del más débil.

 

 

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