Ejemplarizando

Al Secretario General del PSC, Pere Navarro, tuvo a bien una señora de las que se conoce como “de mediana edad”, darle un puñetazo cuando él estaba ayer domingo en la celebración de la comunión de un familiar. Es decir, en un acto privado.

Hace unos días veíamos una fotografía en la que un Concejal del PP en Nules (Castellón) en la que, supuestamente, estaba cortando una raya de cocaína con su tarjeta de crédito. El lugar y el momento en que lo estaba haciendo pertenecían a su ámbito privado, a pesar de lo cual el edil ha dimitido para “poder defender mejor su honor”, etc, etc…la típica retaíla prefabricada en estos casos, en definitiva.

Y qué decir del ya legendario vídeo de la exconcejala Olvido Hormigos…

Podría seguir citando casos similares, en los que hay una confusión en la frontera sobre la actuación en el ámbito privado y público de los cargos públicos (electos o no) y su mayor o menor “ejemplaridad” a la hora de analizar determinadas conductas. Y entonces pasamos al debate sobre si un cargo público lo es las 24 horas o solo el tiempo de su trabajo y de los actos en los que participa. Es evidente que no podemos tener la misma visión del asunto si estamos hablando de un o una Presidente/a de un Gobierno (estatal, autonómico…), de un o una Ministro/a o de cualquier otra persona con una actividad política muy intensa que le ocupa prácticamente todo su tiempo con un Concejal o Concejala de un municipio pequeño, que no cobra nada por su cargo (es decir, el 88% de los/as Concejales/as de España) y apenas le dedica un par de horas al día…

Pero la cuestión es: ¿debe ser “ejemplar” la actuación de un/a político/a? En caso afirmativo, ¿en qué debería consistir esa “ejemplaridad”? ¿Cuál es su límite o a qué ámbitos debe atañer esa ejemplaridad? Leía un tweet de una mujer jóven al hilo del asunto del citado Concejal de Nules que los políticos deberían tener una conducta “ejemplar” en cuestiones relacionadas con el dinero y el sexo. Y yo, que en mi vida he consumido cocaína y no tengo ninguna intención de hacerlo, me pregunto: ¿es un asunto de interés general y relacionado con la labor pública que desempeña esa persona cómo gasta su dinero -personal y privado- o con quién se acuesta? Líbreme el cielo de defender al Concejal del PP de Nules, pero, ¿más allá de su familia, hijos (si los tiene), amigos u otras personas cercanas, tiene interés público si ha consumido cocaína? Doy por supuesto que ese consumo lo ha hecho con dinero personal y propio, no dinero público,  y sin que se produzca el delito de tráfico de estupefacientes, en cuyo caso, obviamente, es del máximo interés e incluso perseguible penalmente. Pero si no ha sido así y se circunscribe a su ámbito personal…¿por qué y a quién debe dar ejemplo? Y si hablamos de conductas sexuales, aun parece una frontera más clara: ¿debe ser una conducta sexual “ejemplar” por ser cargo público? ¿quién determina esa “ejemplaridad” y en qué consiste? nuevamente doy por sentado que no estamos hablando de agresiones sexuales o relaciones no consentidas, claro, sino de hechos consentidos por ambas partes. ¿acaso no es un avance del Estado de Derecho el reconocimiento de la diversidad sexual y de que queda en el ámbito de la esfera privada?

Hace un par de días un compañero de partido me reprochaba que llevase a mi hija a un centro concertado y no a una escuela pública. Dejando de lado que los colegios concertados también forman parte de la red pública, en la medida en la que son subvencionados y tienen condiciones de acceso públicas y que lo hago por cuestiones estrictamente personales, de logística familiar y de que en una pareja no sólo decide uno la educación de sus hijos e hijas, sino que es una decisión compartida y por lo tanto no se puede imponer, ¿no es más importante que un cargo público desarrolle -en el ámbito que le corresponde- las normas, actuaciones, legislación de defensa de esa escuela pública que a dónde lleve a sus hijos o hijas? ¿Sirve de algo llevar a tus hijos al colegio público si después haces normas que recortan las becas, o hacen prevalecer a la educación privada?

¿Si eres Ministro de Medio Ambiente y haces una política medioambiental nefasta, que no lo cuida o lo agrede, pero en tu vida personal tienes un coche híbrido o te mueves en bicicleta, estás exento de cualquier crítica política porque tu conducta personal es “ejemplar”? La nueva Ministra de Medio Ambiente trabajó en una empresa condenada por delito ecológico…¿qué hacemos con eso?

Pues permítanme que les diga que yo creo que no. Que a un cargo público se le debe exigir  ejemplaridad y rigor en los asuntos que gestiona, para los que fue elegido/a o designado/a, en el caso de los Órganos Ejecutivos. Que el dinero que debe gestionar con absoluta escrupulosidad y transparencia es el dinero público. Que el decoro, la actuación ejemplar, debe darse en la presencia pública y en sus relaciones públicas. Si en su vida personal consume sustancias psicotrópicas o se acuesta con jirafas, es absolutamente irrelevante. Si se ha arruinado, es un manirroto o tiene 4 pisos y 7 coches es irrelevante, siempre, por supuesto, que el enriquecimiento sea lícito y legal y su ruina lo sea exclusivamente en su patrimonio, y no el que de manera púlbica gestiona. Me decía en cierta ocasión un exalcalde socialista (no Odón Elorza), que la gente de su ciudad le reprochaba el poco patrimonio y la birria de coche que tenía con el sueldo que ganaba, y que si hacía eso con su propio dinero no sabían qué podría hacer con el dinero municipal. algo completamente absurdo, ya que para eso existen controles tanto políticos (el Pleno, otras Administraciones) como Técnicos (Interventores, Secretarios, Directores de Hacienda….)

Sé que en la España de 2014 cualquier cosa que sea sacudir al político es bienvenida y comunmente aceptada como pertinente. El político merece ser víctima de todos los males y pestes y todo lo -malo- que le ocurra es poco y ganado a pulso. Lo entiendo perfectamente, y sé que no cabe otra opción que seguir trabajando y demostrando que la ignominia y la desfachatez en la política es algo absolutamente excepcional y que la inmensa mayoría hace su trabajo con rigor y dignidad. Pero mientras tanto, lo que se haga en privado debería quedar en el ámbito privado.

Hace algunos años el Ayuntamiento de San Sebastián concedió el Tambor de Oro al futbolista Xabi Alonso. Entre sus méritos, además de los obvios de promoción de la ciudad, divulgar su buen nombre e imágen por el mundo, etc.., se aludía a lo “ejemplar” de su conducta. Nunca me convenció demasiado ese argumento, propuesto por un Grupo Municipal, ya que no creía entonces, ni lo creo ahora, que un futbolista deba ser ejemplo de algo. Debe jugar bien, promocionar los valores del deporte…pero por favor, los ejemplos, para los padres con sus hijos.

Un Estado deconstruido

Todos lo podemos oir cuando sintonizamos cualquier emisora de radio. Es un anuncio que nos martillea a todas horas. Dos personas -un hombre y una mujer- hablan con voz grave, preocupada, sobre la inseguridad en el barrio, y que uno de ellos ya ha encargado su alarma de la compañía “X” para estar más tranquilo. Ella le dice que hace bien, que es la que tiene casi todo el mundo en la zona y que va de maravilla: ahora todos están más tranquilos.

Es el modelo de sociedad, que nos propone este Gobierno que ha confundido la mayoría absoluta con el absolutismo mayoritario. Una sociedad abandonada a su suerte, en la que, quienes más tengan puedan salir adelante y quienes menos recursos posean se irán hundiendo lentamente en las peligrosas arenas movedizas de la indiferencia.

Un modelo de gobierno que apuesta por derribar hasta el último vestigio de lo público, no sin antes entregárselo a las empresas privadas para que hagan, con el dinero de todos y todas, el negocio que perdieron por su propia mala gestión.

Así, aumentan los seguros médicos o los planes de pensión privados, anunciadores de que el Estado ya no va a poder sostener con recursos propios una Sanidad o una Jubilación dignas. Privatizan incluso el matrimonio, entregándoselo a esos señores (hombres la mayoría) llamados Notarios, que se hicieron de oro líquido durante la burbuja inmobiliaria y que se quejan ahora de no poder mantener el Range Rover y la casa en la Sierra. Los bancos de alimentos se multiplican por decenas en lugares y personal, para atender una demanda que debería, en realidad, cubrir el Estado. Es otra paradoja de nuestro tiempo: el Estado cubre aquello a lo que no llegan los bancos de alimentos, cuando debería ser justo al revés, que los bancos de alimentos completaran la labor que obligatoriamente le corresponde a la Administración Pública.

Y, como todo esto (y mucho más) no les parecía suficiente, añadimos hoy la posibilidad de privatizar  la administración de la seguridad ciudadana, de las funciones policiales. El Gobierno nos anuncia que a partir de ahora un vigilante de seguridad privada podrá detenernos, identificarnos y emplear la fuerza si fuese oportuno contra nosotros. El monopolio de la fuerza física, que siempre ha sido competencia del Estado para garantizar -o intentarlo, al menos- la equidad y la objetividad en su aplicación, pasa ahora a compartirse con empresas privadas que sólo tienen como objetivo sus cuentas de resultados, por no hablar de la capacitación y formación de quienes la ejerzan. Y en esto cuentan con la complicidad de los nacionalistas del PNV y CiU, so pretexto de que se respetan las competencias autonómicas vascas y catalanas. Es decir, que si las hostias te las da un vigilante vasco, duelen menos…

La profesión de vigilante de seguridad merece todo mi respeto. Tengo, de hecho, buenos amigos que son vigilantes de seguridad. Son personas sensatas y con criterio a los que esta nueva regulación les parece un disparate, entre otras cosas porque conocen bien ese mundo de la seguridad privada y el funcionamiento de sus empresas, en las cuales no suele imperar el sentido común muchas veces.

En la Detroit de “Robocop”, a sus dirigentes les parece una buena idea dejar que la policía se privatice, que se haga cargo de la seguridad ciudadana una empresa particular. Fue el primer indicio, cinematográfico, sí, pero premonitorio en la realidad, de la decadencia de la ciudad industrial por excelencia de los Estados Unidos. Y todos sabemos cómo ha acabado Detroit: arruinada, deshabitada…vendiendo incluso los cuadros de su museo para poder mantener unos exiguos servicios.