La Coherencia

Es complicado ser coherente en la vida. Así, como principio general lo digo. Todos nos tenemos que ver a diario en la tesitura de tener que hacer eso que se llama “cabalgar nuestras contradicciones”, como si de un potrillo desbocado se tratase.

Las contradicciones pueden ser de todo tipo: desde estar a dieta pero apretarte unos nachos con queso a la mínima oportunidad, hasta estar en contra del trabajo infantil (quién no lo está) pero comprarte cinco camisetas del Primark a 2’50 € cada una confeccionadas vaya Ud. a saber en qué taller y en qué condiciones por menores en Myanmar.

La coherencia es una voz en tu conciencia que va a tu lado en cada paso que das, como aquellos esclavos o siervos romanos cuya función era acompañar en la cuádriga a los Generales y Emperadores romanos que volvían de una campaña militar exitosa y decirles al oído “recuerda que solo eres un hombre” cuando las masas enfervorecidas les aclamaban en su entrada en Roma, para evitar que se endiosaran y perdieran el contacto con la realidad. La coherencia intenta evitar que no te reconozcas a ti mismo al mirarte cada mañana al espejo y,  lo que quizá es aun más importante, evitar que no te reconozcan los demás. La coherencia nos permite mirar hacia atrás en nuestro recorrido vital y poder verlo con una cierta tranquilidad de espíritu, aun sabiendo que en ese camino habrá habido quiebros, quizá inevitables, porque tampoco el trayecto es siempre recto y hay que negociar los desniveles y las curvas.

Y claro, cuanto más alto sea nuestro nivel de exigencia en la coherencia, más complicado nos será cumplirlo, tanto a nosotros mismos como para reclamárselo a los demás.

Tenemos en los últimos tiempos multitud de ejemplos de incoherencia, con el añadido del escarnio público que deja la “huella digital”. Lo de la coherencia es como las apariciones de las Vírgenes: era muchos más sencillo cuando no había móviles ni redes sociales. Pero ser coherente cuando cada día hay un “fact-check” de tus declaraciones y acciones, incluso las que hiciste en el ámbito privado o cuando tu contexto personal era completamente diferente, es demasiado difícil, por muy recto en tu comportamiento que quieras ser.

Lo de la coherencia es como las apariciones de las Vírgenes: era muchos más sencillo cuando no había móviles ni redes sociales

El caso más flagrante de incoherencia, la epítome de la incoherencia patria en los últimos años ha sido el famoso chalet de Galapagar de los Iglesias-Montero pero, no nos engañemos: mantener la coherencia es difícil para todos, independientemente de la adscripción ideológica de cada cual. Yo mismo, sin ir más lejos, tengo también a diario mis propias incoherencias: soy Concejal de Medio Ambiente, pero tengo un pequeño SUV diésel, o voy a hacer un viaje en avión que podría hacer en tren, pero tardaría unas 10 horas más. Y como esa tengo varias, no puedo negarlo.

La jóven Gretta Thunberg… recorre el mundo concienciándonos de los problemas medioambientales y el Cambio Clímático, pero le patrocina una marca de automóviles que contaminan como si fuesen a prohibirlo. Se han organizado unas jornadas sobre Cambio Climático en Suiza en Agosto a las que acudirán personas famosas para sensibilizarnos de ese problema, pero viajarán en aviones privados que queman toneladas de queroseno.

Y, aunque la incoherencia es más flagrante en la medida en que quien la protagoniza sea más conocido o un personaje público, lo cierto es que nadie se libra de ella.

Soy bastante aficionado a lo que denomino “la incoherencia del Facebook”. Sí, amigos, es esa incoherencia que todos vemos a diario o que, por razones personales o profesionales sabemos que quien está diciendo en esa u otra red social una cosa, luego practica otra bien distinta. Mis favoritas son, con diferencia, la de quienes se indignan con algo y luego hacen exactamente lo mismo que causa el motivo de su indignación. Y en algunos casos lo hacen sin rubor alguno ni solución de continuidad, a saber:

  • Pones un post en FB indignándote por el cierre de una librería que llevaba décadas abierta, pero te has comprado todos los libros del colegio de tus hijas en Amazon del que, por supuesto, tienes cuenta Premium.
  • Idem para denunciar la crisis del pequeño comercio, culpando, cómo no, a instituciones, políticos y todo el que pasa por allí, pero llevas comprando todos los regalos de Olentzero por internet por lo menos 5 años, y eres cliente VIP de Zalando.
  • Echas pestes en Twitter del turismo, la turistificación y de que ya no puedes tomar una caña tranquilamente en tu ciudad, pero luego nos pones 13 fotos y 48 “Historias” en tu Instagram de tus vacaciones en las Islas Griegas o Formentera que, por supuesto, no reciben a nadie más que a ti y tu familia en todo el año y no están nada turistificadas, como todo el mundo sabe.
  • Te indignas -con razón- con los bajos sueldos y las malas condiciones laborales de los trabajadores y las trabajadoras de ciertos sectores laborales, incluido quizá el tuyo, pero luego tratas con desdén, cuando no con desprecio al camarero que te atiende si no es suficientemente rápido -en tu opinión – o presentas una queja en el hotel todo incluido al que has ido de vacaciones en la nada turistificada Denia porque la mujer que te hace la habitación no ha vaciado la papelera. Que esos trabajadores estén hasta arriba de curro o tengan unas condiciones paupérrimas a ti te da igual, porque eso no tiene por qué afectarte y has pagado por un servicio adecuado. Obviamente, pondrás el consiguiente comentario negativo en Booking de ese camarero o esa limpiadora y  les caerá la bronca o incluso el despido, pero tú estás a 650 kms y te da igual.

Sé que podríais completar este post con muchos más ejemplos de incoherencias con las que vosotras, vosotros y yo mismo lidiamos a diario. Y ser incoherente no quiere decir que nuestra queja, reinvindicación o indignación no sea cierta o justa. ¿Que compremos mucho en Amazon no significa que no se pueda criticar el cierre de comercios? ¿Que vayan en avión a una Conferencia del Cambio Climático no significa que su alerta sobre el peligro del Cambio Climático no sea cierta? ¿Que puedas poner en cuestión un modelo o desarrollo turístico es incompatible con ir de vacaciones a Salou, Marbella o cualquier otro lugar que lleva “turistificado” desde los años ’70?…bueno, supongo que no, no es incompatible, pero siempre y cuando asumamos que tampoco es un modelo de coherencia.

Por lo tanto la incoherencia existe, y debemos aprender a sobrellevarla, procurando, como si de una enfermedad crónica se tratase, que nos afecte lo menos posible en nuestra vida diaria. Es imposible ser coherente todo el tiempo, con todo el mundo y en toda circunstancia. Es así, no pasa nada, porque es la propia condición humana. Pero seamos conscientes de ella y, en consecuencia, seamos comprensivos e indulgentes cuando también la veamos en los demás.

ODIO

No es ningún error tipográfico haberlo puesto en mayúscula. Hay mucho odio en nuestra sociedad. Demasiado odio. A veces es un odio explícito, que se traduce en conductas violentas, físicamente agresivas. Pero la mayoría de las veces no es así, es un odio sutil, que creemos intrascendente y que ejercemos a diario.

Odiar está de moda. Da igual el tema o el contenido. Un tweet, un comentario en Facebook, un post en un blog…siempre tienen más audiencia, más repercusión si expresa ya no rechazo o desagrado, sino odio directamente. Al principio el objeto de ese odio era lo más fácil y más obvio: la política y los políticos. Esos seres abyectos que pasan el día maquinando cómo joder a los ciudadanos que les eligieron y que, aunque no dejan de ser el reflejo de quienes representan, tienen la desgracia de que a nadie le gusta ser el espejo que emite una imagen que rechaza quien la recibe. También fue (y sigue siendo) fácil odiar a los pérfidos bancos: vayamos todos, yo el primero, por la senda del despecho bancario.

Hasta ahí todo fue bien, porque la ira estaba justificada, al meter en el mismo saco a quienes trabajan con honradez y rigor y el golferío bancario y político -que lo hubo, y a espuertas-, y llegaron los nuevos partidos políticos a canalizar ese odio y decirnos exactamente todo aquello que queríamos oír. Realmente no proponían ninguna solución ni respuesta concreta, pero fue suficiente para obtener unos espléndidos resultados e incluso algunas Alcaldías relevantes. Y ahora, ya pasada la euforia y bajada la espuma del champín, empezamos también a odiar a quienes nos insuflaron ese odio.

El odio se ha ido extendiendo tanto que hemos encontrado en él la solución perfecta para canalizar todas nuestras frustraciones  e incomprensiones que vivimos cada día. El odio ya es “mainstream”, ya es tendencia. El odio es “cool”, el odio es “trendy”, el odio está de moda. Ya tiene su denominación en inglés, quienes lo ejercen son “haters” (odiadores), y tiene hasta expresión propia: “haters gonna hate”.

Y, a partir de ahí, todo es odio. Se puede odiar una cosa y la contraria, pero lo importante es ser un “odiador”, e incluso si puede ser, un amargado odiador. Odiamos Halloween porque es una fiesta extranjera, pero también fiestas locales, como los Sanfermines, la Semana Santa, la Tomatina o los Castellers. Odiamos a Hillary Clinton porque es lo peor pero…”¿cómo? ¿qué ha ganado Trump?…odio a ese tío”. Confieso que me fascina, por ejemplo, que haya gente capaz de odiar los toros, el fútbol, la reforma de Anoeta, la incineradora, el Metro, el desarrollo de un polígono industrial, la VPO, la Navidad, que haya luces de Navidad o que no las haya, el coche, la bicicleta, la Autovía, el TAV, la Semana Grande, el poco ambiente nocturno,…y todo ello AL MISMO TIEMPO, incluso aunque haya cosas contradictorias entre sí. Quizá no lo odien tanto, realmente, lo que ocurre es que odiar nos resulta mucho más cómodo, del mismo modo que es más sencillo pisotear un castillo de arena que pasarse una tarde construyéndolo.

“Ya no acompañamos en el sentimiento, acompañamos en el odio”

Buscar alternativas, trabajar una idea, llevarla a cabo, contrastarla e incluso arriesgarse al fracaso es mucho más difícil e incluso frustrante que destruir lo que otro ha creado. Odiar no nos exige compromiso, no nos exige inventiva, ni siquiera imaginación: basta con ver media hora un programa de cualquier canal a los que llaman “tertulia política” (que no es más que espectáculo guionizado) para tener un argumentario envasado al vacío (mental) o copiar o compartir el estado de Facebook de un amigo, un texto de whatsapp o un tuit de alguien más cabreado que uno mismo al que ni siquiera tenemos por qué conocer ni saber si los datos que contiene son ciertos. Y si eso nos parece demasiado esfuerzo, siempre podemos poner un “me gusta” al comentario de otro odiador con nuestro portátil calentándonos el regazo. Ya no acompañamos en el sentimiento, acompañamos en el odio.

Y es una verdadera lástima. Porque sí, es cierto, nos sobran los motivos para odiar muchas cosas y a muchas personas, cualquier informativo puede certificarlo. Pero nunca vino nada bueno del odio, bien lo sabemos por estas tierras. Y cuando pase la moda del odio, que creemos irrelevante, miraremos hacia atrás y sólo veremos tierra quemada, destrucción y desasosiego.

Por eso, dejadme que, sin que sirva de precedente, no siga esta vez la moda y reivindique el valor de la proposición, del diálogo, del optimismo incluso. Del acuerdo, de dar la razón, de escuchar, de comprender y respetar el otro punto de vista, de disfrutar de todo lo que tenemos y somos, de una sociedad imperfecta, pero con muchísimas cosas y valores positivos.

No me apetece nada odiar. Me cansa y hastía, me da hasta pereza. Que odien otros.

El club de los pusilánimes

Soy muy fan de los pusilánimes. Así, en general.

Según “Word Reference” una persona pusilánime es aquella que está falta de ánimo y valor para soportar las desgracias o hacer frente a grandes empresas. Un mierdecilla, vaya. Alguien muy mal visto en una sociedad cuyos programas líderes de audiencia consisten, fundamentalmente, en gente gritando en un akelarre al que ellos llaman “tertulia” o “debate” en cualquier cadena y a casi cualquier hora, aunque la palma se la llevan aquellos en los que Ud, amable lector o lectora, y yo estamos pensando.

Vivimos en una sociedad -especialmente en este momento la española- que adora a quienes parecen tener las ideas claras, que no dudan, que no ven en el adversario un atisbo de razón, que elevan su tono de voz con el derecho de quien se sabe portador de la verdad absoluta. Y si además lo hacen gesticulando y señalando con el dedo, la mano e incluso invadiendo el espacio vital de la otra persona conculcando todas las reglas de civismo y urbanidad que aprendimos siendo quizá críos, pues aun mejor.

Frente a ellos, alguien que duda no es de fiar. No puede serlo. Alguien que quiere escuchar al rival, al diferente, al enemigo incluso; que puede admitir en sus argumentos algún atisbo de certeza y atinamiento no merece nuestra atención ni casi nuestro respeto. A quien calla, medita, oye y, en consecuencia, duda antes de tomar una determinación que puede influir en la vida de las personas muchas veces, se le desprecia. A todos nos caen simpáticos gente como Del Bosque o Pau Gasol, pero a la mínima oportunidad los descuartizamos si se salen del carril que teníamos reservado para ellos y su pusilanimidad.

Y qué decir ahora que existen las redes sociales…desde ellas se pontifica y sienta doctrina sin consentir que alguien en nuestro muro en Facebook o nuestro tweeter nos reviente la noticia o el argumento, aunque no sean ciertos, así que los borramos, les hacemos “unfollow” y luego les ponemos a parir cuando ya no nos pueden replicar, cautivos y desarmados.

Es el nuevo modelo de sociedad, la de los argumentarios enlatados llave en mano. Pero vendidos con arrojo, determinación y gallardía, sin márgen a la duda. Que para eso ya están los pusilánimes, oiga, la lacra de nuestro tiempo.