ODIO

No es ningún error tipográfico haberlo puesto en mayúscula. Hay mucho odio en nuestra sociedad. Demasiado odio. A veces es un odio explícito, que se traduce en conductas violentas, físicamente agresivas. Pero la mayoría de las veces no es así, es un odio sutil, que creemos intrascendente y que ejercemos a diario.

Odiar está de moda. Da igual el tema o el contenido. Un tweet, un comentario en Facebook, un post en un blog…siempre tienen más audiencia, más repercusión si expresa ya no rechazo o desagrado, sino odio directamente. Al principio el objeto de ese odio era lo más fácil y más obvio: la política y los políticos. Esos seres abyectos que pasan el día maquinando cómo joder a los ciudadanos que les eligieron y que, aunque no dejan de ser el reflejo de quienes representan, tienen la desgracia de que a nadie le gusta ser el espejo que emite una imagen que rechaza quien la recibe. También fue (y sigue siendo) fácil odiar a los pérfidos bancos: vayamos todos, yo el primero, por la senda del despecho bancario.

Hasta ahí todo fue bien, porque la ira estaba justificada, al meter en el mismo saco a quienes trabajan con honradez y rigor y el golferío bancario y político -que lo hubo, y a espuertas-, y llegaron los nuevos partidos políticos a canalizar ese odio y decirnos exactamente todo aquello que queríamos oír. Realmente no proponían ninguna solución ni respuesta concreta, pero fue suficiente para obtener unos espléndidos resultados e incluso algunas Alcaldías relevantes. Y ahora, ya pasada la euforia y bajada la espuma del champín, empezamos también a odiar a quienes nos insuflaron ese odio.

El odio se ha ido extendiendo tanto que hemos encontrado en él la solución perfecta para canalizar todas nuestras frustraciones  e incomprensiones que vivimos cada día. El odio ya es “mainstream”, ya es tendencia. El odio es “cool”, el odio es “trendy”, el odio está de moda. Ya tiene su denominación en inglés, quienes lo ejercen son “haters” (odiadores), y tiene hasta expresión propia: “haters gonna hate”.

Y, a partir de ahí, todo es odio. Se puede odiar una cosa y la contraria, pero lo importante es ser un “odiador”, e incluso si puede ser, un amargado odiador. Odiamos Halloween porque es una fiesta extranjera, pero también fiestas locales, como los Sanfermines, la Semana Santa, la Tomatina o los Castellers. Odiamos a Hillary Clinton porque es lo peor pero…”¿cómo? ¿qué ha ganado Trump?…odio a ese tío”. Confieso que me fascina, por ejemplo, que haya gente capaz de odiar los toros, el fútbol, la reforma de Anoeta, la incineradora, el Metro, el desarrollo de un polígono industrial, la VPO, la Navidad, que haya luces de Navidad o que no las haya, el coche, la bicicleta, la Autovía, el TAV, la Semana Grande, el poco ambiente nocturno,…y todo ello AL MISMO TIEMPO, incluso aunque haya cosas contradictorias entre sí. Quizá no lo odien tanto, realmente, lo que ocurre es que odiar nos resulta mucho más cómodo, del mismo modo que es más sencillo pisotear un castillo de arena que pasarse una tarde construyéndolo.

“Ya no acompañamos en el sentimiento, acompañamos en el odio”

Buscar alternativas, trabajar una idea, llevarla a cabo, contrastarla e incluso arriesgarse al fracaso es mucho más difícil e incluso frustrante que destruir lo que otro ha creado. Odiar no nos exige compromiso, no nos exige inventiva, ni siquiera imaginación: basta con ver media hora un programa de cualquier canal a los que llaman “tertulia política” (que no es más que espectáculo guionizado) para tener un argumentario envasado al vacío (mental) o copiar o compartir el estado de Facebook de un amigo, un texto de whatsapp o un tuit de alguien más cabreado que uno mismo al que ni siquiera tenemos por qué conocer ni saber si los datos que contiene son ciertos. Y si eso nos parece demasiado esfuerzo, siempre podemos poner un “me gusta” al comentario de otro odiador con nuestro portátil calentándonos el regazo. Ya no acompañamos en el sentimiento, acompañamos en el odio.

Y es una verdadera lástima. Porque sí, es cierto, nos sobran los motivos para odiar muchas cosas y a muchas personas, cualquier informativo puede certificarlo. Pero nunca vino nada bueno del odio, bien lo sabemos por estas tierras. Y cuando pase la moda del odio, que creemos irrelevante, miraremos hacia atrás y sólo veremos tierra quemada, destrucción y desasosiego.

Por eso, dejadme que, sin que sirva de precedente, no siga esta vez la moda y reivindique el valor de la proposición, del diálogo, del optimismo incluso. Del acuerdo, de dar la razón, de escuchar, de comprender y respetar el otro punto de vista, de disfrutar de todo lo que tenemos y somos, de una sociedad imperfecta, pero con muchísimas cosas y valores positivos.

No me apetece nada odiar. Me cansa y hastía, me da hasta pereza. Que odien otros.

Anuncios

Gente sencilla

Una de las mejores cosas (y no fueron pocas) de dejar atrás diez años de ir escoltado fue volver a utilizar el transporte público con cierta regularidad. Sé que habrá quien piense que eso de que te lleven en coche de un lado a otro mola mucho, es cómodo, te da un cierto “status”…en mi opinión nada más lejos de la realidad, y siempre me resultó incómodo, por muchas razones que ahora no voy a desarrollar por no ser el objeto del post.

A lo que iba: aunque haya quien tenga el uso del transporte público (Metro, tren, bus…) como castigo, a mí siempre me ha gustado utilizarlo. Incluso cuando salía de casa a las 7:30 para coger en la mítica parada de “Yoplait”* en Herrera el transcantábrico Altza-Antiguo, cuyo recorrido duraba 45 minutos e iba tan lleno que desafiaba las leyes de la física, me gustaba ver a la gente, hablar, observar los comportamientos humanos. No hay que olvidar que hablamos de los años ’90, cuando no existían prácticamente los móviles (incipiente “Moviline“) y las redes sociales eran auténtica Sci-Fi ni siquiera imaginada por Asimov, por lo que no nos quedaba más remedio que mirarnos a la cara y hablar entre nosotros, algo que quizá hoy espantaría a muchos jóvenes (y no tan jóvenes).

logo_yoplait                                                   (*Aquí el logo de Yoplait, que, para la audiencia más jóven conviene tal vez aclarar que se trataba de una marca de yogures)

 

Muchos años después he recuperado esa costumbre de usar el transporte público, especialmente el Metro. Ahora es infinitamente más cómodo, más desahogado, el recorrido es mucho más corto y tenemos los móviles que, paradójicamente, nos convierten en seres asociales. Pero me sigue gustando observar a la gente, entablar cortas conversaciones, intrascendentes, relajadas, amables. Y he vuelto a ver, porque lo uso muchos domingos, a personas de cierta edad (llamémosle “mayores”) que montan en el Metro (o Topo, como quieran) vestida de eso exactamente: “de domingo”. Es gente sencilla, personas que trabajaron toda su vida bajo la premisa de que el trabajo dignifica, de que el que paga descansa y valorando y saboreando el verdadero valor de un día festivo. Gente que quizá durante la semana estaba llena de grasa del taller, de harina del horno, o simplemente con ropa de casa para trabajar en ella. Pero que el domingo vestía sus mejores galas, sacaba del cajón su reloj de oro para dar un paseo, para ver y dejarse ver, para que en su barrio supieran que también podían ir guapos y no eran menos que nadie.

La gente sencilla es la inmensa mayoría. Gente que aspira a una vida tranquila, a que sus hijos e hijas puedan tener un futuro, como mínimo menos malo y a poder ser mejor que el pasado que ellos tuvieron. Que esperan tener una jubilación sin sobresaltos y que la salud les respete. Gente que no hizo otra cosa que trabajar y ahorrar lo que podían, disfrutando seguramente menos de lo que hubiesen deseado y, sin duda, merecían.

Sólo aspiro a poder ser como ellos. A representar y defender sus necesidades, sus preocupaciones y sus alegrías, aunque sean menos quizá que antes. Sólo aspiro a poder ir en el Metro dentro de 30 años vestido de domingo, con mi dignidad íntegra, camino a casa de mi hija, a ver quizá a mi nieto o nieta, con la conciencia tranquila pensando que hice lo mejor que pude y supe para darles una educación, unos valores y un cariño del que siempre se puedan sentir orgullosos, sabiendo que son y deberán ser siempre gente sencilla.