Sin ley no hay civilización

Aunque lleva algunos meses entre nosotros, el debate al que voy a hacer referencia en este post se ha instalado entre nosotros especialmente en el pasado verano y está alcanzando su máximo apogeo con -cómo no- los acontecimientos de Catalunya y el anunciado intento de Referendum del ya famoso 1 de Octubre.

Me estoy refiriendo a lo que algunos llevan algún tiempo intentando vendernos como una disyuntiva entre “democracia vs ley”, como si ambas fuesen ya no incompatibles, sino incluso opuestas. Un falso dilema tras el cual se esconde algo mucho más inquietante para la convivencia e incluso para el modelo de civilización que nos ha costado siglos conquistar, en el que las leyes, y no la fuerza, el dinero o la clase social son las que garantizan la igualdad entre todas las personas.

Ya desde hace algún tiempo, uno de los mantras de la llamada “nueva política” ha sido contraponer el poder popular, “la gente”®, a las instituciones de representación elegidas democráticamente mediante sistemas electorales absolutamente transparentes y contrastados. El resultado de una votación democrática podía ser obviado si a quienes no les gustaba el mismo consideraban que era contraproducente para el llamado “bien común” que, curiosamente, siempre coincidía con su discurso y sus propuestas. Pero claro, el “que no, que no nos representan” duró lo que tardaron en llegar esos movimientos, ya constituidos en Partidos políticos, a las Instituciones, a los parlamentos, a los ayuntamientos. Ahora sí que el sistema era bueno y válido, porque quienes refractaban de él eran parte del mismo, y su presencia los homologaba como democráticamente justos. Tal era así que movimientos como “Juventud sin futuro” o “El patio maravillas” se disolvían al no tener ya razón de ser, porque sus miembros habían encontrado acomodo (y nómina) en las instituciones otrora inaceptables.

Pasada esa pantalla, y a la vista de que la realidad era dura como el granito y casi todo lo que se había prometido era de muy difícil cumplimiento (acabar con desahucios, bajar alquileres, consultas para todo, etc…) llegó el momento de buscar un nuevo enemigo. Y lo encontraron en un lugar en el que algunos, como los movimientos independentistas, ya llevaban años instalados: el cumplimiento de la Ley. Según esta nueva teoría, una Ley puede no cumplirse, o, en todo caso, se está eximido de su cumplimiento, si “la gente”® considera que dicha ley es injusta o no responde a nuestras expectativas vitales. Para ellos, que haya un sistema Judicial que garantice el cumplimiento de las leyes, unos sistemas de revisión de Sentencias, de Recursos, de Tribunales de Apelación, es lo de menos. Lo importante es si la Ley ad hoc en cada caso me conviene o no, y en función de la misma exigir su cumplimiento (ej.: obligación de pagar los impuestos) o decir que no nos representa.

Planteada la premisa, ahora se trata de ir acomodándola al caso que más nos interese. Un ejemplo más de ello ha sido el llamado “caso Juana Rivas”, cuyos detalles son sobradamente conocidos. Un mes de agosto entero hemos tenido que oír que las leyes, las Sentencias e incluso los Convenios de La Haya eran papel mojado ante el amor de una madre hacia sus hijos, cosa que nadie discutía. ¿Que se estaban incumpliendo leyes y sentencias? Nada importaba si la causa era noble. ¿Que el supuesto “asesoramiento legal” estaba siendo perjudicial para los propios intereses de la afectada? Quedaba redimido por unos aplausos en la puerta de un Juzgado. ¿Que había informes psicosociales, exploraciones judiciales a los menores por juezas que resolvieron el asunto? Qué sabrán ellas, si nosotros hemos leído un par de comentarios en Facebook al respecto y ya tenemos una opinión bien formada al respecto…Y así todo; con el nefasto (y previsible) resultado que hemos podido ver: una madre sin sus hijos, sin su custodia e imputada por incumplir resoluciones judiciales.

Y en esas estábamos, cuando llegó la movida catalana, con más de la misma medicina: cualquier norma, incluida la Constitución Española y todo el sistema y organigrama normativo y judicial del que nos hemos dotado no sirve de nada si la gente® quiere otra cosa. Es inútil decirles que las leyes se derogan, se modifican o se cambian con otras leyes. Que en democracia hay unos procedimientos que deben cumplirse y unas mayorías democráticas que son necesarias para que, precisamente, las minorías, no queden aplastadas.

Y lo peor de todo es que es la supuesta izquierda más pura, esa “true left” de nuevo cuño la que nos ha traído este discurso, olvidando que precisamente es la ley la que protege al más débil del abuso del poderoso. Que la obligación de someterse al imperio de la ley es lo que hace que el más rico no aplaste al más humilde. Que cuando necesitamos un trasplante no sea la altura de la cuna en que nacimos lo que nos otorgue la prioridad, sino una ley de trasplantes que establece el orden de prelación con criterios objetivos. Que en una autopista no sea la cilindrada ni los caballos de nuestro coche lo que delimite la velocidad a la que ir, sino una ley de tráfico que marca los límites y las sanciones por inclumplirlas.

 

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Según el Secretario General de Sortu, el sr. Arnaldo Otegi, primero van los deseos de la gente®, y luego ya, si eso, las leyes detrás. Pero él olvida que son precisamente las leyes las que impiden -afortunadamente- que a un delincuente o a un asesino les linchen, o los familiares de las víctimas se tomen la justicia por su mano tras un atentado en el que mueren decenas o cientos -o una sola- de personas. Las leyes permiten la reinserción de quienes han estado durante años en la cárcel, y que, una vez cumplida su pena, tengan el derecho a recuperar su total condición de ciudadano, con sus prerrogativas y obligaciones, claro.

Las leyes permiten y garantizan que nadie sea discriminado (so pena de castigo) por su raza, condición sexual, identidad, credo o ideología. Las leyes obligan a pagar impuestos a muchos de quienes nunca lo harían voluntariamente, pudiendo así construir hospitales, carreteras, hacer VPO o colegios públicos. Las leyes impiden que se abuse de menores, las agresiones sexuales o el acoso. Las leyes dan cobertura social a quienes más lo necesitan y procuran la cohesión social de la ciudadanía.

Y sí…las leyes no son perfectas. De hecho, casi a diario hay sentencias de Tribunales que anulan artículos, e incluso textos completos de una Ley si no cumple con con otras de rango superior. Pero es que eso también es la ley: garantizar que una ley debe cumplir con las demás leyes, y ser compatible con ellas. Si la ley no nos gusta, o hay una mayoría social que quiere cambiarla, debe elegir representantes democráticos que cambien esas leyes en los parlamentos con las mayorías correspondientes en cada caso. En eso consiste la democracia representativa. Porque, de lo contrario, cada cual hará lo que considere oportuno en cada momento sin hacer caso a la ley, volviendo a tiempos muy oscuros que hemos dejado atrás.

Sin ley no hay civilización. Y sin civilización, barbarie y abuso del más débil.

 

 

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ODIO

No es ningún error tipográfico haberlo puesto en mayúscula. Hay mucho odio en nuestra sociedad. Demasiado odio. A veces es un odio explícito, que se traduce en conductas violentas, físicamente agresivas. Pero la mayoría de las veces no es así, es un odio sutil, que creemos intrascendente y que ejercemos a diario.

Odiar está de moda. Da igual el tema o el contenido. Un tweet, un comentario en Facebook, un post en un blog…siempre tienen más audiencia, más repercusión si expresa ya no rechazo o desagrado, sino odio directamente. Al principio el objeto de ese odio era lo más fácil y más obvio: la política y los políticos. Esos seres abyectos que pasan el día maquinando cómo joder a los ciudadanos que les eligieron y que, aunque no dejan de ser el reflejo de quienes representan, tienen la desgracia de que a nadie le gusta ser el espejo que emite una imagen que rechaza quien la recibe. También fue (y sigue siendo) fácil odiar a los pérfidos bancos: vayamos todos, yo el primero, por la senda del despecho bancario.

Hasta ahí todo fue bien, porque la ira estaba justificada, al meter en el mismo saco a quienes trabajan con honradez y rigor y el golferío bancario y político -que lo hubo, y a espuertas-, y llegaron los nuevos partidos políticos a canalizar ese odio y decirnos exactamente todo aquello que queríamos oír. Realmente no proponían ninguna solución ni respuesta concreta, pero fue suficiente para obtener unos espléndidos resultados e incluso algunas Alcaldías relevantes. Y ahora, ya pasada la euforia y bajada la espuma del champín, empezamos también a odiar a quienes nos insuflaron ese odio.

El odio se ha ido extendiendo tanto que hemos encontrado en él la solución perfecta para canalizar todas nuestras frustraciones  e incomprensiones que vivimos cada día. El odio ya es “mainstream”, ya es tendencia. El odio es “cool”, el odio es “trendy”, el odio está de moda. Ya tiene su denominación en inglés, quienes lo ejercen son “haters” (odiadores), y tiene hasta expresión propia: “haters gonna hate”.

Y, a partir de ahí, todo es odio. Se puede odiar una cosa y la contraria, pero lo importante es ser un “odiador”, e incluso si puede ser, un amargado odiador. Odiamos Halloween porque es una fiesta extranjera, pero también fiestas locales, como los Sanfermines, la Semana Santa, la Tomatina o los Castellers. Odiamos a Hillary Clinton porque es lo peor pero…”¿cómo? ¿qué ha ganado Trump?…odio a ese tío”. Confieso que me fascina, por ejemplo, que haya gente capaz de odiar los toros, el fútbol, la reforma de Anoeta, la incineradora, el Metro, el desarrollo de un polígono industrial, la VPO, la Navidad, que haya luces de Navidad o que no las haya, el coche, la bicicleta, la Autovía, el TAV, la Semana Grande, el poco ambiente nocturno,…y todo ello AL MISMO TIEMPO, incluso aunque haya cosas contradictorias entre sí. Quizá no lo odien tanto, realmente, lo que ocurre es que odiar nos resulta mucho más cómodo, del mismo modo que es más sencillo pisotear un castillo de arena que pasarse una tarde construyéndolo.

“Ya no acompañamos en el sentimiento, acompañamos en el odio”

Buscar alternativas, trabajar una idea, llevarla a cabo, contrastarla e incluso arriesgarse al fracaso es mucho más difícil e incluso frustrante que destruir lo que otro ha creado. Odiar no nos exige compromiso, no nos exige inventiva, ni siquiera imaginación: basta con ver media hora un programa de cualquier canal a los que llaman “tertulia política” (que no es más que espectáculo guionizado) para tener un argumentario envasado al vacío (mental) o copiar o compartir el estado de Facebook de un amigo, un texto de whatsapp o un tuit de alguien más cabreado que uno mismo al que ni siquiera tenemos por qué conocer ni saber si los datos que contiene son ciertos. Y si eso nos parece demasiado esfuerzo, siempre podemos poner un “me gusta” al comentario de otro odiador con nuestro portátil calentándonos el regazo. Ya no acompañamos en el sentimiento, acompañamos en el odio.

Y es una verdadera lástima. Porque sí, es cierto, nos sobran los motivos para odiar muchas cosas y a muchas personas, cualquier informativo puede certificarlo. Pero nunca vino nada bueno del odio, bien lo sabemos por estas tierras. Y cuando pase la moda del odio, que creemos irrelevante, miraremos hacia atrás y sólo veremos tierra quemada, destrucción y desasosiego.

Por eso, dejadme que, sin que sirva de precedente, no siga esta vez la moda y reivindique el valor de la proposición, del diálogo, del optimismo incluso. Del acuerdo, de dar la razón, de escuchar, de comprender y respetar el otro punto de vista, de disfrutar de todo lo que tenemos y somos, de una sociedad imperfecta, pero con muchísimas cosas y valores positivos.

No me apetece nada odiar. Me cansa y hastía, me da hasta pereza. Que odien otros.

El Adanismo salvador.

Hace unos días me sorprendió que una persona que lleva algunos trienios en política y licenciada en Sociología desconociera el significado del término “adanismo” referido, precisamente a la política. De un modo resumido y sencillo, el “adanismo”, en general, parte de la idea de que Adán fue el primer ser humano sobre la tierra, y por lo tanto el orígen de nuestra especie. Después vino Eva, que salio de su costilla, etc, etc…

Haciendo una inmediata traslación a la política podríamos definir el adanismo político como la idea (o la tentación) de construir una teoría política y un discurso partiendo del desguace de todo lo existente hasta ese momento. Nada de lo hecho y construido nos sirve, así que debemos derribarlo y comenzar algo nuevo sobre los escombros de lo viejo. La historia, la memoria, los logros obtenidos con esfuerzo han sido estériles o, lo que es peor, perniciosos, y nos han traído a una situación inadmisible que debemos cambiar desde su raíz. Hacia dónde y cómo debe ser ese cambio quizá sea lo de menos, el caso es hacerlo. Y deben hacerlo aquellos que nunca hayan participado en el sistema actual.

Siempre he huido de los símiles deportivos, que creo facilones y poco imaginativos, pero discúlpenme mis amables lectores y lectoras (si los hubiera) si les pongo una imágen que les resultará conocida para explicar mi teoría:

 

Simeone

 

Supongo que le habréis reconocido: es Diego Pablo Simeone, más conocido ahora por el “Cholo Simeone”, el nuevo profeta del fútbol español que pregona su doctrina, el “cholismo”, consistente en una idea muy simple: el “partido a partido”. Sobre él y su forma de actuar, de entrenar, incluso su estética se han llenado horas de radio, páginas de periódico, miles de comentarios en internet. Pero,¿habéis visto qué pinta tiene en esa foto?…¿de verdad, viendo esa foto, alguien podría pensar que unos años más tarde uno de los jugadores más broncos, macarras y, a tenor de la imágen, con peor gusto vistiendo del panorama futbolístico de los años ’90, podría volver reencarnado en un hombre de principios, elegante (para según quién), filósofo y triunfador?

Si se le hubiese aplicado la teoría del adanismo, el cholo debería estar en su casa, viendo los partidos de liga con una batamanta y acariciando a su perro mientras toma una Quilmes. Lo que hizo, el bagaje que obtuvo como jugador, su experiencia, incluso esa horrible camisa hawaiana le inhabilita para poder hacer nada más en la vida. Bueno, nada más relacionado con el fútbol y la moda, vaya.

Cuando algunos pretenden que olvidemos todo lo logrado hasta ahora, haber conseguido la Sanidad y la Educación Universal; la modernización del país; formar parte de la Unión Europea y ser un país “homologado” (con sus imperfecciones) al resto de la misma sin tener que pasar vergüenza cada vez que salías fuera; haber sido incluso pionero en materia de igualdad de género, derechos civiles, y hasta en energía renovable; o haber superado la lacra de una banda terrorista que se empeñaba en ser el último vestigio de la intolerancia en Europa; todo ello ahora nos dicen que debemos olvidarlo, tirarlo por la borda y hasta repudiarlo. Algo así como si, al divorciarte, renegases de tus hijos, renunciases a la parte de la vivienda que te corresponde y a cualquier amigo o persona que conociste como consecuencia de una relación anterior. ¿Parece una locura, verdad?…pues en eso estamos, y a mucha gente le parece fenomenal.

¿Quién dijo “miedo”?

En los últimos meses se está haciendo muy popular la frase “el miedo ha cambiado de bando”, refiriéndose, supuestamente, al final de un ciclo político y el inicio de uno nuevo, al derrumbe del sistema actual, del “establishment” reinante, etc, pero sobre todo, debido a la irrupción de “Podemos” en el panorama electoral tras las elecciones europeas.

Asistimos, junto con la eclosión de las redes sociales, a una banalización del lenguaje, de los términos que antes significaban algo. Cuando tienes que resumir todo tu pensamiento en 140 caracteres o en una frase brillante de Facebook, todas nuestras palabras pierden su profundidad, el sentido de un contexto más amplio en el que poder emplearlas.

Por eso yo me pregunto al oir que “el miedo ha cambiado de bando”: ¿”miedo” a qué exactamente?…¿a la democracia?, ¿a respetar lo que la ciudadanía, es decir, mis vecinos y vecinas, mi familia, mis amigos quieran votar libremente? ¿a que la gente elija lo que considere más oportuno? Sí, ya sé lo que mis amables lectoras y lectores me pueden responder: “Hombre, Enrique, miedo a perder el poder, a perder las poltronas, a veros sustituidos por otros protagonistas…”

Y ahora respondo: ¿alguien cree que un/a concejal/a de un pequeño pueblito del interior de Gipuzkoa, que ha estado diez años con escolta, al que quizá le han quemado el coche, le han amenazado, han acosado y aun así ha dado la cara para que sus vecinos y vecinas tuvieran el derecho a votar una opción política determinada va a tener ahora miedo a la democracia?, ¿alguien cree que después de 40 años de falta de libertad y terrorismo ahora nos va a dar miedo que la gente elija libremente quien quiere que le gobierne?, ¿alguien cree que esos cientos de concejales/as, o militantes de base que están en ese pequeño pueblo o ciudad mediana, da igual,  sin cobrar nada, gastando en todo caso de su propio dinero, ayudando a diario a sus vecinos y vecinas a tener una vida un poco mejor (o menos mala) van a tener “miedo” de que cambie el Director del FMI, el Presidente del BBVA, o el de cualquier Consejo de Administración? ¿Y qué les importa a ellos?

A mediados de los años ’90 fui por primera vez en la lista del PSE al ayuntamiento de San Sebastián, con Odón Elorza de Alcalde. No salí elegido, pero los amables chicos reivindicativos del barrio ya me “ficharon”, así que, una tarde, lanzaron desde sus coches (con la impunidad habitual de aquella época) pasquines como este, que guardé como “souvenir” de un tiempo ya felizmente superado

 

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¿Alguien imagina el efecto que causaba en la Euskadi de  1.995 que llenaran el barrio en el que vives con estos folletos y lo que eso suponía desde el punto de vista del señalamiento y tu marcaje como alguien susceptible de ser “agraciado” en el bombo de las amenazas o cualquier otra cosa más grave? ¿ lo que pensaron mis padres, con los que entonces vivía o mi familia y amigos? Y así cientos de cargos públicos o, simplemente simpatizantes de una opción política, como era mi caso en aquel momento.

Y ahora, en 2014, viene alguien a decirme que “el miedo ha cambiado de bando”…pero, ¿de qué miedo y qué bando me estáis hablando? Pues yo le digo que no. Que, como dijo Julián Muñoz en aquella ya mítica frase: “no tengo miedo ninguno” a la democracia, a que cada cual vote lo que quiera y a quien quiera en libertad, porque demasiados años estuvimos impedidos para hacerlo, primero por una dictadura que lo prohibía y después por quienes querían coartar la representación política plural.

Claro que hay “miedo” y mucha gente lo sufre: el miedo a la pobreza; a perder el trabajo; a no tenerlo pasada una determinada edad; al machismo; el miedo de una mujer a que su pareja le pueda agredir o le pueda violar un desconocido en un portal; a quedarse sin sanidad pública; a ser desahuciado; el miedo de los niños y niñas de Gaza o de Siria a los bombardeos…ese es un miedo real, no el miedo a subir o bajar un concejal o una parlamentaria en unas elecciones.

La política, como el deporte, el amor, la salud, la fortuna, la economía…tienen momentos buenos y malos, rachas, éxitos y fracasos, estabilidad e inestabilidad. Y hay que saber gestionarlos en cada momento y adaptarse a ellos, disfrutándolos cuando nos resultan propicios o asumiéndolos con calma y sensatez si nos son adversos. Si reconocemos los errores, los enmendamos, y somos humildes, sinceros y creíbles con propuestas interesantes, recuperaremos la confianza de muchas personas. Y si no fuese así, pues habrá que asumir las consecuencias. Ya nos ha pasado, de hecho, y creo haber aprendido mucho. Pero, por favor…dejemos de jugar con el miedo, que bastante ha habido y sigue habiendo en todo el mundo como para que utilicemos su nombre en vano.

Ejemplarizando

Al Secretario General del PSC, Pere Navarro, tuvo a bien una señora de las que se conoce como “de mediana edad”, darle un puñetazo cuando él estaba ayer domingo en la celebración de la comunión de un familiar. Es decir, en un acto privado.

Hace unos días veíamos una fotografía en la que un Concejal del PP en Nules (Castellón) en la que, supuestamente, estaba cortando una raya de cocaína con su tarjeta de crédito. El lugar y el momento en que lo estaba haciendo pertenecían a su ámbito privado, a pesar de lo cual el edil ha dimitido para “poder defender mejor su honor”, etc, etc…la típica retaíla prefabricada en estos casos, en definitiva.

Y qué decir del ya legendario vídeo de la exconcejala Olvido Hormigos…

Podría seguir citando casos similares, en los que hay una confusión en la frontera sobre la actuación en el ámbito privado y público de los cargos públicos (electos o no) y su mayor o menor “ejemplaridad” a la hora de analizar determinadas conductas. Y entonces pasamos al debate sobre si un cargo público lo es las 24 horas o solo el tiempo de su trabajo y de los actos en los que participa. Es evidente que no podemos tener la misma visión del asunto si estamos hablando de un o una Presidente/a de un Gobierno (estatal, autonómico…), de un o una Ministro/a o de cualquier otra persona con una actividad política muy intensa que le ocupa prácticamente todo su tiempo con un Concejal o Concejala de un municipio pequeño, que no cobra nada por su cargo (es decir, el 88% de los/as Concejales/as de España) y apenas le dedica un par de horas al día…

Pero la cuestión es: ¿debe ser “ejemplar” la actuación de un/a político/a? En caso afirmativo, ¿en qué debería consistir esa “ejemplaridad”? ¿Cuál es su límite o a qué ámbitos debe atañer esa ejemplaridad? Leía un tweet de una mujer jóven al hilo del asunto del citado Concejal de Nules que los políticos deberían tener una conducta “ejemplar” en cuestiones relacionadas con el dinero y el sexo. Y yo, que en mi vida he consumido cocaína y no tengo ninguna intención de hacerlo, me pregunto: ¿es un asunto de interés general y relacionado con la labor pública que desempeña esa persona cómo gasta su dinero -personal y privado- o con quién se acuesta? Líbreme el cielo de defender al Concejal del PP de Nules, pero, ¿más allá de su familia, hijos (si los tiene), amigos u otras personas cercanas, tiene interés público si ha consumido cocaína? Doy por supuesto que ese consumo lo ha hecho con dinero personal y propio, no dinero público,  y sin que se produzca el delito de tráfico de estupefacientes, en cuyo caso, obviamente, es del máximo interés e incluso perseguible penalmente. Pero si no ha sido así y se circunscribe a su ámbito personal…¿por qué y a quién debe dar ejemplo? Y si hablamos de conductas sexuales, aun parece una frontera más clara: ¿debe ser una conducta sexual “ejemplar” por ser cargo público? ¿quién determina esa “ejemplaridad” y en qué consiste? nuevamente doy por sentado que no estamos hablando de agresiones sexuales o relaciones no consentidas, claro, sino de hechos consentidos por ambas partes. ¿acaso no es un avance del Estado de Derecho el reconocimiento de la diversidad sexual y de que queda en el ámbito de la esfera privada?

Hace un par de días un compañero de partido me reprochaba que llevase a mi hija a un centro concertado y no a una escuela pública. Dejando de lado que los colegios concertados también forman parte de la red pública, en la medida en la que son subvencionados y tienen condiciones de acceso públicas y que lo hago por cuestiones estrictamente personales, de logística familiar y de que en una pareja no sólo decide uno la educación de sus hijos e hijas, sino que es una decisión compartida y por lo tanto no se puede imponer, ¿no es más importante que un cargo público desarrolle -en el ámbito que le corresponde- las normas, actuaciones, legislación de defensa de esa escuela pública que a dónde lleve a sus hijos o hijas? ¿Sirve de algo llevar a tus hijos al colegio público si después haces normas que recortan las becas, o hacen prevalecer a la educación privada?

¿Si eres Ministro de Medio Ambiente y haces una política medioambiental nefasta, que no lo cuida o lo agrede, pero en tu vida personal tienes un coche híbrido o te mueves en bicicleta, estás exento de cualquier crítica política porque tu conducta personal es “ejemplar”? La nueva Ministra de Medio Ambiente trabajó en una empresa condenada por delito ecológico…¿qué hacemos con eso?

Pues permítanme que les diga que yo creo que no. Que a un cargo público se le debe exigir  ejemplaridad y rigor en los asuntos que gestiona, para los que fue elegido/a o designado/a, en el caso de los Órganos Ejecutivos. Que el dinero que debe gestionar con absoluta escrupulosidad y transparencia es el dinero público. Que el decoro, la actuación ejemplar, debe darse en la presencia pública y en sus relaciones públicas. Si en su vida personal consume sustancias psicotrópicas o se acuesta con jirafas, es absolutamente irrelevante. Si se ha arruinado, es un manirroto o tiene 4 pisos y 7 coches es irrelevante, siempre, por supuesto, que el enriquecimiento sea lícito y legal y su ruina lo sea exclusivamente en su patrimonio, y no el que de manera púlbica gestiona. Me decía en cierta ocasión un exalcalde socialista (no Odón Elorza), que la gente de su ciudad le reprochaba el poco patrimonio y la birria de coche que tenía con el sueldo que ganaba, y que si hacía eso con su propio dinero no sabían qué podría hacer con el dinero municipal. algo completamente absurdo, ya que para eso existen controles tanto políticos (el Pleno, otras Administraciones) como Técnicos (Interventores, Secretarios, Directores de Hacienda….)

Sé que en la España de 2014 cualquier cosa que sea sacudir al político es bienvenida y comunmente aceptada como pertinente. El político merece ser víctima de todos los males y pestes y todo lo -malo- que le ocurra es poco y ganado a pulso. Lo entiendo perfectamente, y sé que no cabe otra opción que seguir trabajando y demostrando que la ignominia y la desfachatez en la política es algo absolutamente excepcional y que la inmensa mayoría hace su trabajo con rigor y dignidad. Pero mientras tanto, lo que se haga en privado debería quedar en el ámbito privado.

Hace algunos años el Ayuntamiento de San Sebastián concedió el Tambor de Oro al futbolista Xabi Alonso. Entre sus méritos, además de los obvios de promoción de la ciudad, divulgar su buen nombre e imágen por el mundo, etc.., se aludía a lo “ejemplar” de su conducta. Nunca me convenció demasiado ese argumento, propuesto por un Grupo Municipal, ya que no creía entonces, ni lo creo ahora, que un futbolista deba ser ejemplo de algo. Debe jugar bien, promocionar los valores del deporte…pero por favor, los ejemplos, para los padres con sus hijos.