Elogio de la tolerancia

Muchas veces he pensado que si en una entrevista de trabajo me hiciesen la típica pregunta de “¿Qué característica -positiva, se entiende- destacaría de usted?” lo primero que se me vendría a la cabeza sería decir “que soy una persona tolerante”.

Hasta no hace demasiado, ser una persona tolerante se entendía como una cualidad positiva en alguien. Ser tolerante era sinónimo de flexible, comprensivo, dialogante, de no pretender imponer tus ideas sobre los demás, admitir la discrepancia y escuchar los argumentos de la otra parte. Sin embargo, poco a poco esa idea se fue “torciendo”. Primero empezamos diciendo que no se puede ser tolerante con todo: por ejemplo, si alguien defiende el nazismo, el racismo, la pedofilia, el abuso sexual, el terrorismo y unas cuantas cosas más sobre las que parece haber consenso en que son rechazables ética y moralmente, entonces sí se podía -y debía- ser intolerante.

Pero la cosa fue in crescendo y las fronteras de la intolerancia ya no estaban tan claras. Algunos comenzaron a poner en duda ciertas cosas sobre las que, como he dicho, parecía haber consenso, y empezaron los problemas: la libertad de expresión ya no admitía ser tolerante con todo lo que se dijera y se fueron recortando los llamados “límites del humor”. La libertad sexual, libertad religiosa, de pensamiento…un montón de temas pasaron a ser objeto de la intolerancia, de los que ya no se admitía opinar libremente o al menos si se hacía tendría consecuencias. Y, como no podía ser de otra manera, eso llegó a la política y, de repente, nos volvimos todos intolerantes a los demás, como quien se vuelve intolerante a la lactosa de un día para otro.

Gracias a las tertulias políticas “guionizadas”, las redes sociales cainitas, la proliferación de nuevos partidos y medios digitales, las fake news, o, por qué negarlo, el hartazgo ciudadano, nos volvimos intolerantes a todos lo que no fuesen “de los nuestros”. La política se “hooliganizó” y los periodistas se convirtieron en militantes, los militantes en creyentes y la ciudadanía eligió partido político como el aficionado que elige club de fútbol al que está dispuesto a perdonarle todas las barrabasadas, aunque le decepcione o no consiga el resultado que les gustaría.

 

Un día, de repente, nos volvimos intolerantes a las ideas de los demás, como quien se vuelve intolerante a la lactosa.

Y ahora, curiosamente, reprochamos a los partidos que sean aquello que les pedimos: que no se muevan de sus posiciones, no cedan ni un milímetro o de lo contrario nos iremos con quien mantenga las esencias de aquello que esperamos encontrar en nuestro club político. Dialogar, ceder o buscar un punto de encuentro es entendido como un signo de debilidad. Si alguien está dispuesto a pactar algo, hordas de tuiteros y personas de mediana edad en Facebook señalarán con el dedo acusador como Dondald Sutherland (guiño al SSF) en “La invasión de los ultracuerpos” a la vez que proclaman “¡¡traidor, traidor!!, no te volveré a votar!!” incluso aunque nunca le hubiesen votado ni tuviesen la más mínima intención de hacerlo. Y, entonces, el líder o la lideresa del partido aludido se paraliza, se lo piensa y destaca como virtud el hecho de no haberse movido de su posición, de cumplir a rajatabla lo prometido en campaña y el juramento de que sería como el agua y el aceite, incompatible con cualquiera que pensase diferente. Y lo peor de todo esto es que esa forma de pensar y actuar tiene premio, lo cual, a su vez, incentiva más ese comportamiento, como bien hemos podido comprobar en las últimas elecciones con Ciudadanos, epíteto de la intolerancia al hacer de ella su gran valor electoral.

 

(Votante medio señalando al partido que ha votado, por insinuar un pacto con otro partido)

A menudo -y con cierta razón a veces- se acusa a los partidos políticos de incumplir sus promesas electorales, pero se ha dado la paradoja de que hemos llegado a una repetición electoral precisamente porque todos cumplieron sus promesas, sin moverse ni un ápice:

  • El PSOE dijo que gobernaría en solitario
  • Unidas Podemos dijo que quería estar en gobierno
  • El PP y C´s que jamás apoyarían o permitirían que Sánchez gobernase…

Y todos han cumplido, mira tú por dónde, así que en estas estamos. Y siento ser pesimista, pero nada me hace indicar que no podamos volver a ir a unas elecciones de nuevo en Febrero o Marzo de 2020 si todos siguen siendo intolerantes a los demás.

Así que permitanme hacer un elogio de la tolerancia, de volver a ser comprensivos y admitir que hay espacios de encuentro en los que se puede construir un camino que favorezca a la mayoría de la gente. Permitanme decir que no es una traición, ni siquiera un incumplimiento, ceder en ciertas cosas en pos del entendimiento y el avance. Que es, más o menos, lo que hace todo el mundo cada día desde que se levanta hasta que se acuesta, incluso dentro de la cama si la comparte con alguien.

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La vida mancha

La frase no es mía, aunque ya me gustaría. Se trata del título de una película de Enrique Urbizu, protagonizada por José Coronado. Pero me sirve como introducción para sintetizar algo que me ha venido hoy a la cabeza, aunque no es la primera vez.

Hace unos días se abría el primer parque para perros en San Sebastián. El lugar elegido no era casual, ni al azar; tras estudiar el padrón municipal de perros a partir de los chips, se estimó que era la zona en la que más gente podía verse beneficiada en su ubicación. A los pocos días de su apertura, un amable ciudadano exponía su queja del mismo con el argumento -respetable- de que “los perros ladran”. ¿Quién podía imaginarlo?

Claro que los perros ladran, porque es la forma que tienen de comunicarse. Ladrarían aunque no estuviesen en un parque para perros, porque eso es lo que hacen. Y los niños y niñas, cuando están en un parque infantil, gritan, cantan, hablan alto, lloran si se caen o un mayor les quita la pelota…

Hace unos años, un día de Nochebuena, siendo yo Concejal de Turismo y responsable del CAT, recibí a las 5 de la tarde una llamada de Alcaldía diciéndome que una señora se estaba quejando de la música que ambientaba la llegada de Olentzero en la c/Loiola. Era una música suave, de villancicos, que duraba como máximo una hora, hasta que Olentzero salía a las 6. Y podría hacer un post tan largo como el Quijote contando anécdotas similares.

También recuerdo cuando otra señora (distinta a la del Olentzero) llamaba a la centralita de Guardia Municipal quejándose de que sus vecinos gritaban muy fuerte cuando mantenían relaciones sexuales, especialmente la chica de la pareja. Lo que más le molestaba era que elegían la hora de la siesta, precisamente la que ella prefería para descansar mejor.

Somos una sociedad solidaria, hasta que te enteras de que van a poner un centro de empresas de inserción social cerca de tu casa, o un edificio de Proyecto Hombre, aunque años después se demuestre que no ha habido ningún problema. El colmo del paroxismo lo viví cuando una amable ciudadana venezolana, vino a quejarse de que si hacíamos un edificio para acoger investigadores internacionales, “aquello se iba a llenar de extranjeros”. Y estoy hablando de investigadores universitarios y cientfícos.

La vida mancha, sí, y no podemos pretender pasar por ella sin que nos roce, aunque sea un poquito. Vivir, y dejar que los demás vivan, conlleva saber que habrá veces en las que ocurrirán cosas que no sean de nuestro completo agrado, pero son consustanciales a una convivencia en comunidad, la misma que hace que un vecino te ayude a subir la compra o avise al 112 si lleva días sin verte, e incluso se manifieste para impedir que te desahucien de tu casa.

Los bidegorris, las peatonalizaciones, el turismo, las bicicletas, las fiestas, el surf, el comercio, la tamborrada, las manifestaciones, las pruebas deportivas…todo puede ser molesto, incluso insoportable, si te lo propones.

La vida mancha, quién lo iba a decir. Me recuerda al Prefecto de Policía Louis Renault en Casablanca: “Qué escándalo…he descubierto que aquí se juega”.